¡Qué lindo es Jalisco!

[2002] Está de moda denunciar los males del nacionalismo, y con razón: sobran. Es curioso que los hayan descubierto y los denuncien al mismo tiempo los partidarios de ideas y valores universales, puramente humanos, cosmopolitas, y los defensores de las pequeñas naciones, las minorías étnicas, las comunidades, las pequeñas tribus. Según parece, unos y otros han descubierto que la Nación (cualquier nación) es un artificio básicamente político, contra el que hay que defender las formas naturales de convivencia —que vienen a ser el mercado o la tribu, y en algún extremo la familia.

 Insisto: todos tienen su parte de razón en la crítica. Cualquier nacionalismo es irracional, mezquino, tramposo y un poco idiota. En su origen, ya lo dijo Jorge Cuesta hace mucho, está la tontería de suponer que las cosas (las gentes, la ideas, las costumbres, las prendas folclóricas) son valiosas y deben ser apreciadas no por otra cosa, sino que son “de aquí”. Ahora bien, de esa misma fuente pueden surgir cosas muy distintas. El apego sentimental a un paisaje, una comida, un modo de hablar o de hacer las cosas, por ejemplo, pero también esa especie de vanidad defensiva, casi nihilista, de quien prefiere leer a Nezahualcóyotl, porque es nuestro, en lugar de leer a Quevedo o Lope, porque no son nuestros. Y también formas de militancia homicida. El nacionalismo da mucho de sí.

 Conviene no olvidar, sobre todo en estos tiempos, que por más que sea idiota el nacionalismo ha sido muy útil, ha servido y sirve para muchas cosas: permite ciertos desahogos y festejos, ilusiones orgiásticas para aliviar el resentimiento lanzando elotes después de cantar el himno; también sirve para fingir, adornar y disimular, para tener algo de qué envanecerse (¡Qué lindo es Jalisco!); y sirve desde luego para hacer política. Por cierto: no necesariamente es idiota la política que echa mano del nacionalismo ni deja de ser idiota la que se hace contra el nacionalismo, que de todo hay.

 Para evitar ir dando traspiés, hagamos algunas distinciones. En un plano muy general hay dos clases de nacionalismo que, por abreviar y para entendernos, podemos llamar el nacionalismo pagano y el cristiano; el uno es de vocación imperial, pide culto a la fuerza, a la gloria y la fama en este mundo (über alles), y el otro es el paradójico nacionalismo de las víctimas, de quienes encuentran el mérito en el sufrimiento (y sospechan que los últimos serán los primeros). Para que esté más claro, puesto en caricatura: el nacionalismo alemán y el mexicano.

 El nuestro, el nacionalismo de las víctimas, doliente, medroso y cristiano, tiene un par de rasgos que vale la pena anotar. Lo primero es que no funda el orgullo sobre el triunfo, sino sobre la superioridad moral de quienes padecen inmerecidamente: el héroe es quien ha sido derrotado, porque la derrota es injusta; y con eso suele hacerse una historia de fracasos heroicos, intentos fallidos, sufrimientos y traiciones. El mecanismo tiene su interés. Por una parte, la opresión, las derrotas, incluso la esclavitud son signos ostensibles de virtud; pero por otra parte, no dejan de ser derrotas, y para explicarlas es necesario buscar algún culpable poderoso y moralmente malvado —porque de otro modo habrían ganado los buenos.

 Lo segundo es que el nacionalismo victimista no puede enorgullecerse abiertamente de lo que hay, no puede conformarse ni mucho menos celebrar que las cosas sean como son: no puede festejar la pobreza, la sumisión, la debilidad, el atraso. Por eso se condensa como propósito en una voluntad de cambio, en el deseo de transformar, reformar, regenerar; es un nacionalismo mártir, pero inconforme, de vocación progresista, condenado a predicar la sociedad que podría llegar a ser. De ahí la particular fragilidad de un orgullo nacional que está siempre a punto de convertirse en autodenigración. La superioridad (moral) de la nación depende de los fracasos heroicos, su grandeza genuina está en un futuro que será distinto. Es decir: somos mexicanos porque somos perdedores, porque querríamos ser diferentes —un orgullo precario.

Belén García Monroy

Por eso es tan fácil señalar los aspectos ridículos y hacer bromas sobre la mexicanidad (wagen, über Deutschland Witze zu machen!). Pero también y por la misma razón es injusto sumarle las deformidades y aberraciones habituales del nacionalismo pagano, porque no son lo que domina. Los que somos inmigrantes o hijos de inmigrantes en México hemos padecido de un modo u otro los desplantes de una xenofobia imbécil y resentida —muchas veces de sedicentes aztecas rubios, de ojos azules y apellidos compuestos. No pongo nombres ni anécdotas, pero no habrá quien lo niegue. No obstante, es forzoso reconocer que, en general, el nacionalismo mexicano no se caracteriza por su ánimo homicida —a cada uno, lo suyo.

 A la vez, con todos sus defectos, el nacionalismo ha cumplido una función importante en México para estructurar el espacio político. Es un artificio, sí, un artificio político mediante el cual se ha logrado producir, precariamente, un sentimiento común de pertenencia a pesar de todas las desigualdades. Con un añadido que no es trivial: es un artificio político cuyo propósito radical consiste en justificar al Estado como única representación posible de esa comunidad imaginada. Pero es un nacionalismo inconforme, el de la nación que podría llegar a ser, y por eso justifica al Estado en su acción revolucionaria, progresista, transformadora (y abusiva y ventajista). Y en eso también el nacionalismo resulta ambivalente, porque puede usarse y se usa contra el Estado, a favor de la Revolución, la que se está haciendo en cada barricada, en cada bloqueo carretero, y señala culpables concretos.

 Lo que estorba hoy, a inicios del nuevo siglo, es el Estado: ese Estado revolucionario, estorba la política tal como puede elaborarla el nacionalismo. Desde luego, sería una gran cosa que las vaguedades un poco ridículas del nacionalismo convencional fuesen sustituidas por un nuevo civismo, ese patriotismo constitucional que dice Habermas. Pero el cambio requeriría un Estado mucho más fuerte, capaz de imponer por lo menos la igualdad ante la ley. No puede hacerse. A cambio, lo que nos ofrecen los partidarios de una política moderna, racional, es el contento del consumidor satisfecho: nos piden que hagamos a un lado la irracionalidad del nacionalismo, y que nos pensemos como clientes, como usuarios, compradores —salvo que para eso haría falta que en efecto todos fuésemos parejamente consumidores. Y tampoco.

 Es una política, ésta que se ofrece, cuya principal virtud está en presentarse como negación de la política, con lo cual puede aprovechar el muy razonable descrédito de los políticos y sus partidos. Esto es otra cosa, una limpia, honrada y racional operación comercial, con programas de calidad total.

 Digámoslo de nuevo: el viejo nacionalismo revolucionario sirvió para cohonestar toda clase de desmanes. Es además irracional, artificioso, pueril y mentiroso. Pero tenía un efecto considerable. Pensarnos como mexicanos nos hacía sentirnos orgullosos porque la selección ganaba un partido o porque se le otorgaba el Nobel a Octavio Paz; también nos hacía sentir que la miseria, la desigualdad, la corrupción y el atraso eran cosas que nos concernían a nosotros —en un sentido serio nos hacían sentir responsables. Y estoy en la idea de que no era mala cosa.

 Si nos pensamos como clientes, como usuarios, como consumidores racionales, nada de eso tiene sentido; queremos eficacia, comodidad y buen precio. Para la lógica del consumidor hay muchas cosas de las que hacía y las que hace todavía el Estado que resultan puro despilfarro: no hay por qué empeñarse en una investigación básica si los gringos lo hacen tan bien; no vale la pena desperdiciar en educación superior pública si puede hacerse como negocio privado; es ridículo empeñarse en casi cualquier cosa que pueda hacerse mejor, más barata, o en cualquiera de la que no pueda esperarse ningún resultado sensato, productivo.

 Denunciar las deformidades del nacionalismo no es muy difícil. Además es razonable. Cincuenta años después de Jorge Cuesta, treinta años después de Ibargüengoitia, cuando el nacionalismo revolucionario es casi una reliquia, todos se precipitan a desmitificar a los héroes, y señalar las ficciones del nacionalismo, y los abusos. No está mal. Pero acaso sería más urgente empezar a desmitificar ya la racionalidad y la eficiencia, llamar a las cosas por su nombre, hacer recuento de lo que hemos perdido. Y sobre todo, imaginar una alternativa.

 [2026. Desafortunadamente, parece que no. Seguimos la pendiente hacia abajo, asidos de un nacionalismo bastante más infantil, un tanto más idiota, y de muy precaria utilidad.] 

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

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Publicado en: De mis cuadernos