La balada de Peckham Rye

[1998] Hay muchas razones para despreciar a los políticos. No exageremos, las hay casi sin duda para despreciar a cualquier grupo de hombres tomado en conjunto, es así. Entre las más llamativas, cuento dos: primero, la falta de cualquier título trascendente que justifique su posición (los votos son bien poca cosa, cambiante, insegura), y segundo, la dificultad que tiene la sociedad para reconocerse cómodamente en el quehacer de los políticos. Me interesa, de momento, esta segunda —el extrañamiento. Y hablo sobre todo de la política cotidiana, municipal, de vuelo corto, la que se supone más directamente representativa.

La propia existencia de los políticos pone de manifiesto a cada paso la falta de transparencia, fluidez y armonía que caracteriza dondequiera la convivencia humana. La tarea propia de los políticos, cuando se ocupan de su oficio, consiste en evitar que eso tenga consecuencias desagradables, es decir, que lo suyo es gestionar cualquier posible confrontación o competencia de modo que las cosas no lleguen a mayores: negociar, ordenar, procesar el conflicto. Para lo cual necesitan normalmente transformarlo en otra cosa: simular. En pocas palabras, eso significa que un buen político es el que es capaz de producir simulacros convincentes —en los que la gente pueda reconocerse.

Los antagonismos de una estructura social pueden ser más o menos simples o complejos. Graves. Pueden oponer a grupos más o menos homogéneos, más o menos beligerantes, más o menos dispersos, enemistados. En cualquier caso, el antagonismo anuncia siempre la posibilidad de una trayectoria de colisión: el uso del agua, la propiedad, el derecho de tránsito, la producción de lo que sea, la venta; esto es, tarde o temprano el conflicto puede manifestarse con violencia y decidirse por la fuerza, si no se le pone remedio. Bien: la tarea de los políticos consiste en buscar el remedio. Pero en general para eso necesitan convertir el conflicto en otra cosa, traducir los términos de la oposición: simples, rudimentarios, a veces brutales incluso, en un lenguaje que haga posible alguna forma de transacción (derechos, plazos, prerrogativas, identidades, ideales). Si tienen buen éxito, consiguen reproducir el conflicto en otro terreno, pero al reproducirlo lo transforman, lo convierten en otra cosa: en un simulacro.

En el lenguaje de todos los días, el que cualquiera entiende a la primera, los pleitos suelen reducirse a un par de argumentos: yo quiero lo que tú tienes, los dos queremos lo mismo, o yo tengo fuerza bastante para hacer lo que me conviene. En el lenguaje de los políticos (otra vez, si conocen su oficio) ni una cosa ni otra pueden decirse, porque si se dicen se acaba la política —y empiezan las trompadas. Están ambas ideas, por cierto, en el fondo de todo el quehacer político, pero siempre ocultas, deformadas, enredadas en la madeja de un discurso (legal, patriótico, burocrático, banderizo) que de manera deliberada las elude.

No hace falta decir que el simulacro que resulta suele ser bastante precario, está siempre en riesgo de desfondarse, de mostrar su inanidad (las credenciales son de cartón, los títulos, y a veces no bastan ni las banderas ni los nombres ni el orden de la fila). La civilizada buena vecindad es el fantasma de un orden creado para transformar, y para negar a fin de cuentas ese fondo primitivo que habría que llamar el “orden real”.


Estelí Meza

[2003] Muriel Spark, La balada de Peckham Rye. Una novela extraña y encantadora. Inteligente, ágil, de un humor ácido y ligero, de doble fondo. Es la historia de Peckham Rye, un pequeño pueblo de vidas pequeñas y apacibles, puesto del revés por Dougal Douglas, que podría ser el diablo o podría ser sólo un pícaro —y la ambigüedad es deliciosa. Con una perfecta desfachatez, juguetona, cínica y encantadora, enreda y seduce a la mitad del pueblo: a veces para vivir, a veces sólo por gusto; y hay una alegría contagiosa en su desvergüenza, algo incluso poético en su insolencia. Dougal es capaz de escuchar las confesiones más tristes y vulgares con el mismo gesto divertido.

“—Mi vida ha sido miserable.

— Y eso que no ha terminado. Todavía pueden venir cosas peores”.

Su insolencia es casi adorable, porque descubre un fondo de rebeldía inútil en todo, un deseo disparatado e infantil de cambiar, un vanidoso secreto de nada.

La escritura es ligera, directa, inteligente, mordaz. Se diría que busca sólo el esqueleto de la trama: no hay más que lo indispensable. No sabemos, ni falta que hace, la historia completa de ninguno de los personajes. Aparecen vidas congeladas, distorsionadas en el instante de una conversación, y toda la complejidad sicológica y sociológica puede ponerla el lector: bajo su propio riesgo. Porque no hace falta. La trama, en esa estilización última, es suficiente. Se lee con avidez, sin perder un instante la sonrisa.


 [2022] Las cosas que usamos cotidianamente no nos remiten al pasado: forman parte del mundo, de manera natural. Podemos caer en la cuenta de que tienen un pasado, pero para eso necesitamos ponernos en posición de contemplarlas —que significa apartarse. Las cosas útiles sencillamente están ahí. Y lo que nos resultaría difícil sería imaginar el mundo en que no estaban.

 Es Levinas. Las calles, las casas, las iglesias pueden ser milenarias, pero están para nosotros ahí presentes lo mismo que la Naturaleza. No tenemos una relación inmediata con el pasado en que han sido inventadas o fabricadas las cosas. Simplemente forman parte de nuestro mundo presente. Vivir es olvidar la historia.

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

 

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Publicado en: De mis cuadernos