[1999] La necesidad de ser otro. El miedo de ser otro. La conciencia de ser otro. Es viejísima la idea de que somos dos, y que éste que puede verse, el que ven los demás, es una máscara. De hecho, es un motivo retórico clásico: “el hombre interior”, como una personalidad distinta y mejor, superior. Una personificación del alma. Está en Francisco de Aldana, en la Carta para Arias Montano: “Entrarme en el secreto de mi pecho / y platicar en él mi interior hombre, / dó va, dó está, si vive o qué se ha hecho”.

Francisco Rico lo señala como tema de Erasmo, la religiosidad centrada en el interior homo, y antes también de Lorenzo Valla; pero son elaboraciones de una idea mucho más vieja. Anota que el motivo viene de san Pablo: non exterior homo, sed interior placet Deo (por supuesto, en consonancia con la moral cristiana, centrada en la intención y no en las formas ni en las consecuencias).
Ese “hombre interior” es el origen del yo “auténtico” que busca expresar Rousseau y el que se buscará de ahí en adelante, hasta la fecha, debajo de los modales y las máscaras a las que obliga la sociedad.
Ahora bien: el hombre interior no es razonador, sino que sobre todo siente y quiere; no se rige por las normas sociales, sino por un impulso propio. Ese otro, el alma, resulta ser un hombre entero y no una parte: es otro yo, oculto, visible sólo para los ojos de Dios —y siempre queda el temor de que nuestro interior hombre sea en realidad Mr. Hyde.
[Roberto A. Larrañaga D. Es, efectivamente, un tema viejo. En la tradición cristiana, además del esō anthropos de san Pablo, la idea la encontramos en san Agustín: Noli foras ire, in te ipsum redi: in interiore homine habitat veritas. Es decir, “no vayas fuera, vuelve a ti mismo: en el hombre interior yace la verda” (frase que, por cierto, Ángel Ganivet adaptó a finales del XIX para proponer una regeneración espiritual y nacional basada en el redescubrimiento interior). Después de Rousseau, la dualidad de la persona conoció nueva fortuna en la transición del XIX al XX, cuando se recuperó el tópico romántico según el cual el exceso de formas mata: “la vida oprimida necesita romper con ellas. (En esto volvemos a encontrar la huella paulina: la letra mata, pero el Espíritu vivifica”.) Acaso por influencia de Balmes, el binomio sustancia-forma es la base de buena parte del pensamiento unamuniano y de él derivan otros (como el que contrapone intrahistoria e historia). De esa oposición resulta, por ejemplo, el coqueteo del bilbaino con la religiosidad intimista del protestantismo a la vez que ve en el catolicismo un culto paganizante de la forma. Casi todo en la filosofía de Unamuno tiene que ver con escuchar al ser interior, que tiene mucho de niño y otro tanto de buen salvaje. En Recuerdos de niñez y de mocedad dejó escrito: “[…] tiene más aliento y eficacia la santa idea de nuestra infancia enterrada en la conciencia que no la que actualmente se agita turbulenta en ella y parece dominarla”. Muy bello todo esto, como los famosos versos de Agranda la puerta, padre.
En Freud, en Luigi Pirandello, en tantos otros encontramos variaciones del tema de “la inestabilidad del yo”, de esa máscara que los demás ven. Una versión supuestamente falsa de la persona, que encubre la verdadera.
A pesar del paso del tiempo, seguimos, me parece, en el bucle romántico de la búsqueda del yo interior y auténtico, rebelándonos de manera incesante y acaso estéril contra la forma. Ahora bien, sin forma, sin exterioridad alguna, me pregunto si esa sustancia escondida, ese yo interior, no es mera quimera. Después de todo, volviendo al cristianismo, incluso el Verbo tuvo que hacerse carne.]
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[2025] Recuerdo el titular de una noticia de hace tiempo, algunos meses: “La mejor escritora del mundo tiene 29 años y no es ni hombre ni mujer”. Era el momento de auge del delirio de la sexualidad. Busco la nota, el titular es casi como lo recordaba, salvo que dice también que “cuida vacas”.
Pienso que el periodismo cultural no puede caer más bajo, pero la verdad es que sí puede. Por supuesto, lo primero que uno piensa, y que mueve a risa, es quién entrega la medalla de “mejor escritor del mundo” —así, como lo quiere el resentimiento del nacionalismo, cualquier nacionalismo: “del mundo”. En este caso es algo bastante modesto, se trata sólo del Booker Prize, que sin duda es indicador de calidad, pero que hace política —como se hace en todos los premios. Y en ese año (veo que es el 2020) hubiese quedado muy feo premiar a un norteamericano o un inglés, famoso y viejo y premiado, por muy buena que fuera su novela.
Bien. Se trata de una escritora holandesa “que no se considera trans, pero sí ‘entre medias’ de hombre y mujer”. Es lo primero que dice la nota: en esa clave hay que leer el resto. Insiste en que ha pensado en operarse (no dice para cambiar de qué a qué o por qué), pero que “le gusta conservar cierto aire andrógino”. Sigue: “Dice no usar los pronombres personales ‘he’ o ‘she’ sino ‘they’… Así se le define”. Y no se supone que sea una crítica, desde luego, pero no me imagino cómo se refiere a Roddy Doyle, que creo que preside el jurado, sin usar pronombres salvo el “they”.
Luego nos enteramos de que cuida vacas desde que comenzó a trabajar en su pueblo en Nieuwendijk —donde lo que hay son granjas de vacas. Pero en su caso, siendo la mejor escritora del mundo, tiene que tomarse como un mérito extraordinario. Y sí, hay que preguntarse qué mérito tendrían las ocupaciones cotidianas de Pessoa, o de Roberto Arlt o Kafka. Lo que pasa es que lo de las vacas nos hace a la mejor escritora radicalmente ecologista y preocupada por el cambio climático –no hace falta decirlo. De todos modos, en el artículo se dice: es un premio que “señala un mundo que debemos ver”, que es el de “los miles de jóvenes que se manifiestan por el medioambiente y las nuevas miradas hacia los géneros sexuales”. O sea, es un premio propaganda. A continuación, el editor dice que es un premio “poco comercial”.
Apartando la morralla política sobre “parcialidades políticas que quieren conservar cierto statu quo…”, uno puede enterarse de que se trata de Marieke Lukas Rijneveld, que tiene 29 años, de una familia muy religiosa, que ha escrito una novela “cruda, naturalista y turbadora” sobre una niña de 10 años que pierde a su hermano, de 12, en un accidente patinando sobre hielo. Algo que, la verdad sea dicha, no suena ni novedoso ni terrible ni turbador. Triste, como la mayor parte de la literatura de los últimos siglos.
El artículo cierra con un fervorín que vale la pena: el Booker ha puesto el dedo índice en algo importante. “La historia y la propia autora, ese mundo rural, conservador, y esas fricciones con el yo sexual, son los verdaderos epítomes de por dónde va el mundo. Lo acepte el statu quo o no”. Honestamente, no tengo idea de lo que sea el statu quo, pero me suena que más bien aplaude los temas que hacen tan notable a la mejor escritora. Y no veo que el conflicto entre los campesinos holandeses de hoy y la sexualidad de una señora de 29 años sean la síntesis de este mundo.
No he vuelto a ver ni una nota de prensa sobre “la mejor escritora del mundo” en los últimos cinco años. Y tengo la impresión de que no la veré tampoco el año que viene. Seguramente el libro vendió algunos ejemplares más gracias a la propaganda, pero todo queda en eso. La gestualidad hiperbólica del artículo habla bien a las claras de lo que hoy se puede publicar como “crítica literaria”, tan necesitada de elogiar la rebeldía y la novedad y el escándalo.
Propongo otro titular: una escritora holandesa de 30 años ha ganado el Booker Prize con una novela intimista de ambiente rural. Pero ¿a quién le importa eso?
Me imagino tratando de publicar una reseña seria de Historia del rey de Bohemia y sus siete castillos, de Charles Nodier, o de Los Pazos de Ulloa, de Pardo Bazán. ¿Cómo se haría eso?