Noticia del uruguayo interior

[2022] Esa voz que nos dice que hay que cumplir las reglas, que hay que conocer y respetar el reglamento, que hay procedimientos e instituciones, orden, méritos, esa voz es nuestro “uruguayo interior”. Y a primera vista perece un personaje urbano, clasemediero, un poco provinciano pero muy respetuoso del mundo —admirativo incluso. Podría ser el burócrata que llevamos dentro. Pero a lo mejor es más complicado que eso. 

Leo los cuentos de Juan José Morosoli y, como pasa en buena parte de la literatura uruguaya, también la de hoy, aparecen vacas por todas partes: vacas, vaqueros, gauchos, ranchos, y un habla seca, golpeada, de esa franqueza áspera que imaginamos propia del mundo rural. Y por supuesto, allí no veo que los personajes carguen con su uruguayo interior o que le hagan caso. Pero hay algo peculiar: sus protagonistas son solitarios, pesimistas, escépticos, desencantados, hechos a una vida de trabajo sin mucho sentido. Y en eso descubro también, con otro matiz, al uruguayo interior. Incluso en el gesto del muchacho que regala algo de la tienda a un enfermo, a riesgo de perder el empleo (y naturalmente, lo pierde). Es una caridad inútil, mínima, sin horizonte; es triste que el negro esté enfermo, pero a uno no se le ocurre nada más que regalarle unos cigarros. 

El uruguayo urbano, ordenancista, un punto ingenuo, es un destilado de ese uruguayo montaraz e infantil, solitario, profundamente triste. Que también había en Onetti.

A lo mejor el uruguayo interior es una forma de la tristeza. De una tristeza solitaria y sin objeto, distanciada, fría.

[David Olguín: Cuando los mismos uruguayos hablan de “paisito” para referirse a su tierra, las pequeñas pasiones de ánimo parecen adecuarse a esta descripción que Fernando generaliza a partir de los relatos de Morosoli. Aplican al ámbito rural de sus cuentos, pero son más justas en sus retratos de los pueblos que en aquel entonces ya querían ser minúsculas ciudades. De Horacio Quiroga a Morosoli, Benedetti y Juan Carlos Onetti, se cifra el paso de la barbarie a una forma de civilización que tiene que ver con la ciudad y, de manera más directa, con el orden citadino y la burocracia y la oficina como paisaje sin paisaje donde transcurre la vida gris —ordenancista, la llama Escalante. 

El sentimiento de absurdo inicia en relatos nacidos en ciudades donde el individuo empieza a borrarse entre la multitud (Wakefield de Hawthorne) y en la oficina de Bartleby, cuya ventana da a un paisaje sin paisaje, un muro ciego. El orden y la burocracia prefigura el sinsentido interior. Faltaba el adjetivo kafkiano para terminar de describir todo aquello.

Así que el “uruguayo que llevamos dentro” también puede encerrar algo cósmico que empieza morosamente en Morosoli, persiste en el Benedetti del cotidiano hastío —con deslumbramientos amorosos cursis y grandeza en la Tregua—, hasta llegar a Onetti que, desde sus primeros cuentos (Bienvenido Bob), hace del orden, la oficina, el tedio y las relaciones sentimentales, el tema y el ámbito de grandes tragedias humanas. Onetti, en realidad, es quien le tuerce el cuello a la ingenuidad y a la ilusión. Reencuentra la barbarie de Quiroga en plena civilización para destruirla, para prefigurar apocalipsis interiores. Creo que tiene razón Fernando cuando afirma que “a lo mejor el uruguayo interior es una forma de la tristeza. De una tristeza solitaria y sin objeto, distanciada, fría”.]

[Roberto Larrañaga: Su Noticia del uruguayo interior me hizo pensar en un motivo muy unamuniano y quijotesco. El Epistolario americano revela el interés de Unamuno por las letras hispanoamericanas y, en particular, por la literatura uruguaya: intercambia cartas con José Enrique Rodó, Alberto Nin Frías y Juan Zorrilla de San Martín, y considera a Tabaré entre lo mejor que la región había dado a finales del siglo XIX. Siente, además, una predilección especial por el género gauchesco, en el que cree ver la huella de la picaresca castiza del Siglo de Oro.

En 1900, le escribe a Alberto Nin sobre un tema que había tratado cinco años antes en En torno al casticismo. Me refiero al ser interior de Don Quijote, Alonso Quijano el Bueno, quien, en su sencillez, en algo se asemeja a Sancho (“aquel pobre labriego sesudo, positivista y cuerdísimo que atesoraba bajo su sensatez y su tosca cordura todo el fondo de idealismo que hace falta para seguir a un loco sin serlo”). Es una nueva formulación de la oposición entre la locura de la historia y la cordura intrahistórica del ser interior, que vive al ritmo cíclico de quienes “se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna”. 

Acaso haya en la caridad mínima y en la resignada faena diaria de los personajes uruguayos que menciona algo de la bondad propia del ser interior, de Alonso Quijano. Y algo de la honda tristeza quijotesca. Le escribe Unamuno a Zorrilla de San Martín en 1906: “Usted es el único que me ha mostrado en mi libro [Vida de D. Quijote] el descubrimiento de más dolorosa experiencia personal, el de que la locura de D. Quijote fue una locura de amor, de amor vergonzoso y tímido, y que por acallarlo se dio a leer libros de caballería”. Me pregunto si en el uruguayo montaraz, en el gaucho solitario, no hay un eco americano del Caballero de la Triste Figura: no un Quijote aventurero y heroico, sino un Alonso Quijano sobrio y bondadoso, condenado a una tristeza callada, que contempla con melancolía los horizontes infinitos —de la pampa, de la Mancha.]

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[2025] Miro por encima el último libro de Ted Honderich sobre Oriente Medio, Right or wrong. Se supone que es filosofía, una manera de plantear los problemas morales, incluso una manera de dar solución ética al imposible rompecabezas de Israel y Palestina. Seguramente lo leeré para ser justo, o leeré un poco más para ser un poco más justo. Pero lo que veo de su valoración de los atentados de Nueva York, de las Torres Gemelas, o de los autobuses en Londres, me dejan sin ganas de seguir. Siempre es la apremiante búsqueda del “pero”: es una atrocidad (coma) pero… Es indispensable decir atrocidad o tragedia o algo parecido, para que no se diga. Después la coma, y en ese “pero” que viene después está toda la repugnante hipocresía de lo que se quiere llamar la izquierda. Si no tuviese una historia…

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[2010] Hans-Ulrich Treichel, Lost. Un relato breve, sencillo, conmovedor. Es la simplicidad, la inteligencia lógica e intranquila de un niño: sin exageraciones, sin el menor asomo de sentimentalismo.

La historia de una familia obsesionada por la pérdida de un hijo, extraviado en la guerra (que podría ser cualquier guerra). Los aparatosos estudios para tratar de identificarlo entre otros restos, para confirmar el parentesco –que nunca. Visto con la mirada ingenua y triste de un niño, aplastado por la sombra de su hermano extraviado.

Lo verdaderamente memorable es la voz infantil del narrador: la distancia confusa y temerosa con que mira lo que sucede. El mundo está tan lejos. Técnicamente, un hallazgo: magnífico. Una historia triste, que cabe en pocas líneas, un libro extraordinario, modesto. Serio, emocionante.

El hermano extraviado ocupa la vida entera de la familia, la carga con el peso de la culpa, también del resentimiento. Justo con los ojos de un niño, todo es a la vez irreal y perfectamente lógico. Arnold es la presencia de mayor importancia en su vida: porque no está. Él se acostumbra a vivir con el peso de su hermano ausente, con el deseo de que no aparezca nunca.

Uno puede entrever la obsesiva tristeza de la madre, la brutalidad adolorida y rencorosa del padre. Pero nada de eso importa tanto como las huellas de balas en una pared, un puente que se mueve, el olor de cuero de un coche nuevo. Por supuesto, encontrar a Arnold sería un desastre para todos: la vida tiene sentido sólo porque él sigue extraviado en algún lugar. Y hay que buscarlo.

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[2024] En las traducciones hay con frecuencia cosas divertidas. Algunas imperdonables. Me encuentro por casualidad, mientras ordeno la biblioteca, con un libro de Gombrich, una edición del Fondo de Cultura, titulado: Tributos. Versión cultural de nuestras tradiciones. Me choca de entrada la palabra “Tributos”, pero leído despacio lo otro es un absurdo: ¿qué es una versión cultural de nada? ¿Y una versión cultural de nuestras tradiciones? Miro el índice: es una colección de textos sobre historiadores del arte: Aby Warburg, Huizinga, I. A. Richards.

Caigo en la cuenta de lo que ha pasado. El título original es: Tributes. Interpreters of our cultural tradition. O sea, sin que haya que pensarlo mucho: “Homenajes. Intérpretes de nuestra tradición cultural” o algo parecido. Entiendo, aunque sea una burrada, que el traductor no supiera el significado de “tribute”, y que pusiera “tributos” porque se parecía —un false friend, le dicen. Pero no puedo imaginar de dónde ha sacado lo de la “versión cultural”.

Agotado, creo, pero sigue en circulación. Lo publicó el Fondo de Cultura Económica en 1991, o sea, bajo la vigilancia editorial de Adolfo Castañón, secretario de la Academia Mexicana de la Lengua (al mejor cazador…).

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.

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Publicado en: De mis cuadernos