[2023] Horst Pietschmann, “Burocracia y corrupción en la Hispanoamérica colonial: una aproximación tentativa”.
Se trata de explicar tres siglos de corrupción en Hispanoamérica. No es poca cosa, por tentativa que se anuncie la explicación. Para empezar se refiere a la idea de John Leddy Phelan, según la cual la corrupción se debía “en parte a una mentalidad tradicional de los beneficiados con oficios públicos en Indias y en parte a los bajos sueldos…” Repasa después otras explicaciones, más o menos sofisticadas, pero una y otra vez vuelve al tema en esos términos (sobre todo, la “mentalidad”).

No deja de ser curioso que en todo momento la corrupción se explique por los funcionarios: lo que hacen los funcionarios, la moral de los funcionarios, la avaricia de los funcionarios; y uno no puede más que preguntarse dónde estaba la sociedad —presa inerte de esa voracidad burocrática. En un par de ocasiones, en adelante, dice que “a veces la iniciativa” venía del público, y es revelador que tenga que decirlo, porque es tratarlo como si fuese una rareza. El problema está en la manera de mirar. Su idea de la corrupción depende de una imagen del funcionario que se identifica con el Estado, como un puro instrumento: es Federico II diciendo “Yo soy el primer servidor del Estado”; pero depende igualmente de la imagen de una sociedad que también se identifica con el Estado (acaso porque el Estado sea “la realidad de la idea ética patente en sí y para sí”). Visto así, casi cualquier cosa puede aparecer como corrupción —y es un problema moral, una fractura.
Sobre el contrabando dice, de acuerdo con Pierre Chaunu, que “es señal de la existencia de una lucha entre la Corona, la burocracia y la oligarquía por el control de las riquezas del país”. Yo incluiría a otros actores: militares, policías, monjes, pescadores, venteros… Pero la idea del conflicto me parece razonable. Salvo que, según yo, ese conflicto es un hecho que hay que dar por descontado en todo momento, en todas partes, respecto a casi cualquier actividad. Esa competencia más o menos abierta, más o menos áspera, existe siempre, y desde luego existía en los siglos XVII y XVIII. Es difícil imaginar a una oligarquía que sistemáticamente ponga por delante de los suyos los intereses de la corona (los Pembroke serán un caso extremo de hostilidad hacia el monarca, pero dentro de lo normal). Pero es igualmente difícil imaginar a un funcionario de aduanas, pongámonos en el siglo XVII o en el XVIII o el XX, que nunca hiciera un pequeño negocio, lo mismo en Veracruz que en Marsella o Amsterdam, ni un tabernero que jamás aceptase contrabando.
En la frase hay algo más, difícil de pasar por alto. Primero, que cuando se trata de contrabando se trata del control de la riqueza producida por la ley, es decir, producida por los recursos jurídicos de la Corona. Sin las restricciones al comercio exterior, el contrabando no existiría, no habría negocio. Esos recursos jurídicos, además, son los que confieren poder a los funcionarios: su participación en el negocio depende de sus atribuciones. Eso significa, a fin de cuentas, que todos están interesados en que se mantenga la ley porque de eso está hecha la riqueza por la que luchan, y están interesados en que se mantenga la autoridad de los funcionarios (y su margen de arbitrariedad), porque sin eso, no habría nada —en todo caso, muy poco de la capacidad propiamente política de la Corona.
Lo que realmente me llama la atención es que se deje de lado el tema mayor al que apunta el material del artículo. Según yo, ése es el tema, el contrabando pone de manifiesto el antagonismo (posible, potencial, latente, inevitable) entre los funcionarios y la Corona (y así en muchos otros asuntos, por cierto: casi todos). Parece lógico meterlo en el cajón de sastre de la corrupción sólo porque se imagina al funcionario como apéndice de la Corona, apéndice de movimiento involuntario —y no como político. Y con eso desaparece el problema real, que es la formación histórica del Estado.
Menciona Pietschmann el fracaso completo del virrey Conde de Gelves, 1624, con el encargo de eliminar la corrupción en toda la administración del reino de la Nueva España, como parte del programa de saneamiento de las finanzas reales del Conde-Duque de Olivares. Según lo cuenta Pietschmann, Gelves choca “no sólo con la administración central del virreinato, sino también con los representantes más altos de la Iglesia que alborota a la plebe contra el virrey, lo hace deponer por la audiencia y lo obliga a buscar refugio en un convento.” Si dejamos de preocuparnos un momento por la corrupción, se pueden ver cosas más interesantes. A ver si es posible un resumen. El programa de reforma de Gelves representa a la Corona (digamos, a la Corona-como-idea), que implica la rigurosa vigencia de las leyes, de los mandatos reales, y el acatamiento de la idea que hay detrás de esas leyes. Y se encuentra con la sociedad, y con la clase política: los funcionarios, la administración central y la periférica, y esos “representantes más altos de la Iglesia”, cuyo poder depende en mucho de la Corona, pero que tienen que defenderse de la Corona-como-idea —defienden su margen de maniobra, su capacidad para negociar, arreglar, su capacidad política.
Dedica después varias páginas a discutir la idea de la inmoralidad americana: “parece que incluso más allá del comercio la moral entre la población estaba muy deteriorada”. Es difícil saber qué sea una “moral deteriorada”. Pietschmann se limita a citar como fuente las instrucciones del virrey Duque de Linares. Es decir, que se detiene justo donde habría que empezar a preguntar, pero no por la moral de los novohispanos, sino por las instrucciones de Linares, por su lenguaje, su intención, sus supuestos. La cortesía académica le obliga al “no podemos estar seguros, hacen falta estudios, necesitamos investigar…”, pero la inmoralidad americana es un hecho: “Esta predisposición para la transgresión de normas en amplias capas de la sociedad parece prolongarse también con altas tasas de criminalidad en las capas bajas de la sociedad”. Era, hay que subrayarlo, una “predisposición”, una inclinación de la voluntad que parece casi contra natura, como opuesta a la predisposición a obedecer. Pero además, en su explicación hay una única cosa que es la “transgresión”, que comprende el contrabando, los negocios de los funcionarios, la venta de cargos públicos, la criminalidad, todo lo mismo —inmoralidad.
Algo muy simpático. Dice que la “sorpresa” de los observadores europeos ante la corrupción y la criminalidad en América, en la Nueva España, “podría ser una prueba de que ambos fenómenos tenían mayor alcance en las colonias que en Europa”. Pues sí. También podría ser una prueba de que los observadores europeos tendían a fijarse en algunas cosas en Europa y en otras en América. O podría ser prueba de otras muchas cosas, o de ninguna. Otra vez, precisamente ahí, con ese material, habría que empezar a preguntar, y buscar un mapa de las prácticas jurídicas, y preguntar quiénes incumplían qué leyes. Pero ahí se planta Pietschmann con un prejuicio redondo, y cierra la puerta.
Uno se pregunta, al menos yo me pregunto por qué al ver la conducta de esos altos funcionarios, por qué no se interesó también por el Duque de Lerma, por ejemplo, o por Piers Gaveston, Earl de Cornualles, o por el Duque de Buckingham o el Conde-Duque de Olivares, el cardenal Mazarino o Heinrich von Brühl, o por la elección de Carlos V como emperador, que quedaba muy a mano. O por qué no se interesó por las bibliotecas enteras que hay sobre el contrabando en las Islas Británicas, o por las raüberland que vio Burckhardt en la Europa renacentista. Por qué no leyó por lo menos Whigs and Hunters o Customs in Common de E. P. Thompson. O por qué todo eso le pareció irrelevante.
El detalle tiene interés: eso que observaron los europeos está en el origen de la fabricación mitológica del “allá”, que es una de las claves de la imaginación política de las elites mexicanas. Viene de lejos.
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[Alfonso Gómez Arciniega: Después de leer con atención su valoración del libro de Horst Pietschmann destaco una función particular de la discusión académica en Alemania: no liberar a los seres humanos de “fantasmas cerebrales, ideas, dogmas o seres imaginarios” sino cimentar prejuicios, mitos, supersticiones… Buena parte de la literatura de Ciencias Sociales sobre México que se populariza en aquel país —y a la que se destinan cuantiosas sumas de dinero— persigue este objetivo. No se trata de entender cómo “funciona realmente México”, sino de corroborar el prejuicio que se tiene del país y apuntalarlo con la supuesta objetividad de los índices de democratización, corrupción o Estados fallidos.
En cuanto a las imágenes, el “dedazo” del presidente todopoderoso, los zapatistas encapuchados y, de manera más reciente, Ayotzinapa tuvieron sus momentos estelares. Recuerdo las protestas organizadas por México vía Berlín e. V. hace casi diez años: la imperiosa necesidad de explicar México como conglomerado de barbarie, corrupción, ineficacia y salvajismo. Porque solamente así los estudiantes de intercambio —financiados por el mismo gobierno que denunciaban acremente— podían asumir su papel como víctimas, mientras que sus contrapartes alemanas expresaban, en un acto de contrición, su condescendencia desde la atalaya moral del “país civilizado”. Las evocaciones de la “guerra contra el narco” y los “estudiantes desaparecidos” en un poblado con “nombre indígena” ofrecían muchas ventajas para el habitante del pueblo más aislado de Alemania que, para lidiar con el “absolutismo de la realidad” (Hans Blumenberg), necesita corroborar todos los días a las 20 pm en el noticiero Tagesschau (Mirada del día) las turbamultas en México, Siria o Brasil para contraponerlas a su idilio rural.
Me queda claro que estas imágenes míticas se pueden construir en los medios –hallazgos arqueológicos, el suceso chusco de un camión de refrescos Jarritos atorado en un socavón o un nuevo muerto en ese desierto nebuloso que es “el norte”–, en los mensajes gubernamentales (Sigmar Gabriel por ejemplo, a propósito del Mundial en Catar: “En [México] son asesinadas unas mil mujeres por año y las cifras no registradas son mucho mayores. Veremos, si juzgamos tan duro a un país cristiano como lo hacemos con uno musulmán”), en las caricaturas (Winnetou o Speedy González). Pero las Ciencias Sociales también desempeñan esta función en una sociedad donde la figura del Herr Doktor resulta fundamental para legitimar opiniones. Se podrían hacer numerosas investigaciones empíricas sobre el lavado de dinero en Berlín, la corrupción en los exámenes para obtener la licencia de manejo o el desastre de la política de refugiados. Incluso se podría intentar explicar mejor a México. Pero nada de eso tendría buena acogida (incluso se vería con sospecha), pues la “mirada científica” tiene que estar dirigida a la “corrupción endémica” de los latinoamericanos, a las “tendencias totalitarias” de Putin o a las “derivas autoritarias” de Erdoğan. La autoridad académica sirve para revestir barbaridades o disparates de credibilidad científica.
Recuerdo la genial película El capitán (2017) de Robert Schwentke: semanas antes del final de la Segunda Guerra Mundial, un desertor se encuentra, en un golpe de suerte, un uniforme militar con cruz de hierro en un todoterreno abandonado. Sin pensarlo, éste se enfunda la casaca y asume el papel de capitán. El hechizo de los símbolos le permite, en un sistema jerarquizado, reclutar desertores hasta organizar una cuadrilla militar para asesinar a desertores y prisioneros de guerra: Kampfgruppe Willi Herold. Nadie cuestiona nada porque el impostor lleva uniforme… de esta materia se confecciona el traje nuevo del emperador.]
[La nota tiene añadidos y correcciones del 14 de septiembre de 2025]
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.