
[2003] El dolor es difícil de decir siempre. Imposible de explicar en realidad. No hay más remedio, sino quedarse en las frases hechas, en los lugares comunes. Ahí, así, hay al menos la ilusión de que los demás, en alguna medida, entienden, básicamente porque responden con otra frase hecha, y parece que estamos conversando, y hablamos de lo mismo. Pero desde luego que no es verdad. Uno se queda solo con su dolor indecible: para siempre. ¿Cómo decir que duele haber tenido esta ilusión, que duele haber soñado aquello, que duele saber que en el futuro no estará más esa voz? El matiz exacto de esa tristeza.
[Mauricio Tenorio: En efecto, Fernando, experimento el dolor como algo incomunicable, pero contagiable. No puedo explicarlo a otro, ni habría por qué, pero quisiera. Sin embargo, a veces el otro se contagia no de mi dolor específico sino de mi doler, y el otro duele su dolor privado, como si fuera el mío, pero no lo es, aunque el suyo deviene también incomunicable. Igual: yo me contagio del tuyo, pero no lo puedo pronunciar, sólo desato un dolor muy mío que nada dice del tuyo. Mejor así: ha de ser la forma de sacrificio que hacemos, no para acabar con el dolor, sino al menos para aguantarlo. Pero hay dolores –la enfermedad, la perdida de una compañía– que insisten como en espera de palabras —“encontrar la plegaria/ que `arrejunte´ las sílabas mutiladas” (“das Gebet zu finden/ das die verstümmelten Silben zusammenfügt”, Nelly Sachs). Por eso platicamos. Y hay dolores, como el de las ilusiones perdidas, que más que doler así o asá nos van vaciando de la búsqueda de sentido (y ya en esas, el dolor se confunde con la paz) –“Grande sossego de já não haver sequer de que ter sossego!/Grande tranquilidade a que nem sabe encolher ombros/ Por isto tudo, ter pensado o tudo/ É o ter chegado deliberadamente a nada”, A. de Campos (F. Pessoa). Pero eso ni lo platicamos, lo vivimos.]
[Y sin embargo, la posibilidad existe: “Il pleut des voix de femmes comme si elles étaient mortes même dans le souvenir.” Apollinaire]
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[2003] Para que sea soportable el dolor, para poder sobrellevarlo, necesitamos darle sentido. Y eso significa encontrar el modo de transformarlo en alguna clase de sacrificio. No tiene que ser un sacrificio público, que tenga un sentido general, reconocible. Aunque parezca un contrasentido, puede ser un sacrificio privado, íntimo, que sólo uno entiende —nada más terriblemente íntimo que el sacrificio que aceptó Abraham. Pero siempre se trata de la misma lógica: insertar este trozo de vida en algo mayor. Justificarlo.
Cuando el sacrificio es impuesto, ordenado por un poder ajeno, lo que se hace es defraudar a los dolientes: utilizarlos. Tomar su dolor y hacerlo parte del sufrimiento de la Patria, por ejemplo. Apropiárselo. Pero no es la única opción. El sacrificio puede ser mucho más complejo que eso, y por eso importa tratar de entenderlo. La gente también, por su cuenta, atribuye sentido al sufrimiento, lo hace significativo, se sacrifica. Seguramente sería mucho mejor que eso no hiciera falta, sería mejor poder tolerar un dolor que no significa nada. Es más: puestos a desear, se podría decir que sería mucho mejor no sentir dolor en absoluto —salvo que eso no sería una vida humana.
Pienso en el argumento de Sánchez Ferlosio. Es verdad: atribuir cualquier sentido a una muerte es privarla de la última dignidad, que consiste en no haber tenido sentido. En haber sido un fin en sí, como vida humana, y ser absurda, por lo tanto, como muerte. Sí, pero…
[Jesús Bernal: Sánchez Ferlosio señala, con razón, lo problemático de politizar la muerte. Y, aun así, incluso la idea de dignidad está empapada de sentido, de la necesidad de crear importancia en algo que, quizás, por sí mismo no lo tiene. Incluso desmontando una ficción se mantiene nuestra persistente dificultad para "ver las cosas tal y como son". No podemos huir del sentido, ¿eso es bueno o malo? La misma pregunta ya está sesgada, sólo es, y punto. Pero no podemos vivir sin preguntarnos cosas.]
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[2003] Entre las cosas difíciles: sostenerse en el escepticismo, pero sin hacer de ello una huida. Hacerse cargo del mundo, pero sin creer verdaderamente en nada. Esforzarse por entender, por explicar el mundo, pero sin creer tampoco en las respuestas que uno encuentra. Opinar, decidir, meterse incluso a resolver lo que sea, con toda seriedad, con convicción y a la vez con esa íntima reserva.
También con la gente, también con los amigos, y sobre todo con los enemigos. Conservar, contra viento y marea, ese resto de buena fe que sólo es posible para un escéptico. Si uno cree con demasiada intensidad, si uno espera demasiado, es inevitable la decepción, después el resentimiento, después incluso el odio, el asco. No. Los demás no son ángeles ni tenemos derecho a esperar que lo sean: hace cada uno su vida como buenamente puede, nos usan cuando hace falta y después se olvidan, después traicionan también si hace falta (Et tu, Brute, fili mi?). Más vale no esperar otra cosa. Así es posible conservar al menos la generosidad y la buena fe. Si no, al menos, al menos, la buena digestión. Y dormir en paz.
[El verso de Apollinaire, algunas correcciones y dos o tres frases son añadidos del 28 de agosto de 2025]
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.