La reina muerta

[2003] Me piden un artículo sobre el futuro; en particular, me piden que escriba sobre lo que serán, cómo serán los sentimientos en el futuro. No sé si les preocupan los robots, la tasa de divorcio, los conflictos generacionales o el nuevo feminismo. En cualquier caso, es imposible afirmar nada sensato. Lo único honesto sería decir que no tengo ni idea, porque es la verdad. No obstante, en cuanto me pongo a pensarlo no puedo evitar cierta intranquilidad: por alguna razón, sólo puedo imaginar el futuro con un ánimo sombrío —exagerando un poco, diría que bajo el signo de la catástrofe.

Está, por supuesto, muy lógicamente, la trivial catástrofe personal que representa el futuro, puesto que entonces faltarán muchos de quienes quiero, tendré sin duda menos energía, menos esperanza de nada. Pero no es eso. Trato de pensar en el horizonte que nos tocará a todos, trato de pensar como me piden en el futuro de los sentimientos —y trato de conjeturar a partir de lo que hay, lo que está a la vista; en lo más simple, el imperio de la vulgaridad y el sentimentalismo, que es la otra cara de la tecnificación. No me queda más claro.

Pienso en lo que tengo más a mano, en la sociedad urbana, moderna, medianamente acomodada, hecha a la tecnología. Sólo puedo imaginar en el futuro relaciones más horizontales, inmediatas, más simples, sin cortesía, ni rituales ni jerarquía, también por eso más superficiales, contingentes, prescindibles. Y eso implica sentimientos menos intensos, menos absorbentes. Al mismo tiempo, junto con esa ligereza hay ya hoy mismo una inagotable avidez sentimental, una necesidad de emociones intensas, rápidas, inequívocas, como compradas en el supermercado, sin matices ni ambigüedades.

No puedo saber si vaya a ser así en el futuro. Pero sí que la fórmula resulta cada vez menos satisfactoria.

En el siglo veinte hubo la ilusión de mantener relaciones más simples, más libres, abiertas, que no tuviesen la carga de ninguna censura social ni el lastre del egoísmo, y hubo la ilusión de transformar con eso la familia, la idea de pareja, la paternidad, y liberar un mundo de sentimientos nuevos. El resultado no es para entusiasmar a nadie, o casi nadie. Sólo haciendo un esfuerzo podemos imaginar cómo era el universo de las relaciones de hace cien años, ni los sentimientos que sostenían aquella rigidez: la regularidad, el orden, la jerarquía, la violencia. Sabemos que eso no volverá. Pero no podemos tampoco renunciar por completo a las ilusiones de aquella vida, necesitamos aunque sea sólo la ilusión de la seguridad: necesitamos decir “para siempre” y tratar de sentir que es para siempre. Y aprender a vivir en la contradicción.

 


[2005] Según lo define Montherlant, Le maître de Santiago es un auto sacramental: una obra extraña y, vista hoy, poco edificante. Remota. El Maestre de la orden de Santiago, retirado en su castillo, menosprecia el mundo, menosprecia todo lo que se ha hecho en su tiempo; en particular, el espíritu aventurero y la avidez de lucro con que se cumple la colonización de América. Su hija, después de vacilar entre las inquietudes del amor humano y la severidad del amor divino que le propone su padre, decide enclaustrarse igual que él. Es un cristianismo jansenista, incluso quietista, al que le resulta un estorbo todo lo que no sea el amor de Dios. Destaca sobre todo la violencia del desprecio de don Álvaro, la pasión fría con que odia el mundo —porque sólo puede ver lo que tiene de despreciable. Es el suyo un fanatismo ajeno a los asuntos humanos, una voluntad volcada del todo hacia Dios, y por eso es un personaje trágicamente vacío, que ya no es de este mundo.

La Reine morte [Henri de Montherlant] es una extraordinaria exploración del alma del rey Ferrante: viejo, vacío, cruel, indeciso y a la vez rey, con toda la autoridad, la decisión, la inhumanidad. Por supuesto, se trata de la política, pero no sólo de la política. La trama tiene la estructura de la tragedia clásica: Don Pedro, el hijo del rey, se ha casado en secreto con Doña Inés, que espera un hijo suyo. El rey no puede permitir esa descendencia. O sea, que la Razón de Estado impone la muerte de Doña Inés. Lo que hace apasionante la obra es que el rey sea ya viejo, que no tenga fe ni energía, ni ambición, ni esperanza de nada. El motivo central es la objetividad de los intereses del Estado que se oponen a los sentimientos o los deseos personales —los del rey en primer lugar. La tragedia está en que el rey mismo es incapaz de creer realmente en lo que hace: se ve ajeno, movido por la inercia, presa de sus actos pasados… y está fatigado. Finalmente, Doña Inés es asesinada, pero muere también el rey, y le sucede en el trono su hijo. La monarquía sigue inalterable, pasando por encima del cadáver de Ferrante: en eso consiste su victoria.

Estelí Meza

 


El Estado es una máquina (el Estado-como-idea). Opera como un mecanismo. Sin variaciones, sin alteraciones, sin incertidumbre. Pero por supuesto que para eso necesita que quienes le dan existencia material se anulen a sí mismos, y se limiten a “servir” al Estado. Que se conviertan en meras piezas del mecanismo. La clase política se resiste, como es lógico. Porque tiene intereses, necesidades, inclinaciones, afectos, familia.

En nuestro diseño constitucional, como en la mayor parte de nuestras leyes, se imaginó el mecanismo en términos de rigidez prusiana (toda persona, ninguna persona, se prohibe, es inviolable), pero con el añadido de toda clase de recursos para suspender cuando sea necesario la operación maquinal del monstruo. De un modo u otro se abren márgenes de decisión más o menos discrecional: permisos, condiciones, límites, inspecciones, es decir, espacios para la acción política. Y donde no haya, porque no puede haber, esos márgenes para la política, todo se arregla cuidando que el mecanismo de aplicación de la ley, de procuración y administración de justicia no sea autónomo, riguroso, mecánico, intratable.

De eso está hecho el Estado-como-hecho histórico concreto.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

 

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Publicado en: De mis cuadernos