Evidentemente, en dirección opuesta

“Cuando hay cien que marchan en una dirección, el centésimo tiene que ir evidentemente en la dirección opuesta. Sin preguntarse por qué”.

Thomas Bernhard (En busca de la verdad)          


[2022] La interpretación de un problema social, cualquiera que sea, depende de la escala. Los intereses, la lógica, las inercias, las alianzas, los propósitos cambian según la escala. Lo más cómodo, y por eso lo más frecuente, es mirar las cosas a escala nacional, y en términos ideológicos —es acaso un residuo de la Guerra Fría, un eco de los clásicos de la sociología. Pero sobre todo es cómodo.

Para entender los conflictos nacionales es indispensable leerlos en clave local. Los actores locales: los pequeños grupos de campesinos, sindicalistas, empresarios, estudiantes, taxistas, pelean por asuntos muy concretos, perfectamente localizados e inteligibles. Pero utilizan los grandes conflictos nacionales, hacen suyas las banderas de los grandes movimientos ideológicos para allegarse los recursos materiales o simbólicos de las fuerzas nacionales —y según el caso, internacionales. No es el gran conflicto, con frecuencia ideológico, lo que define las identidades. Se llaman unos y otros liberales o conservadores, derecha o izquierda, progresistas o tradicionalistas, ecologistas o desarrollistas, nacionalistas o cosmopolitas, pero en la práctica se trata de la propiedad de un predio, la construcción de una fábrica, el horario laboral, la explotación de un bosque, y con frecuencia de temas mucho menores: un puesto en una asociación, una candidatura local. Los actores adoptan un signo u otro, se acogen al amparo de una bandera para hacer de su pequeño conflicto parte de una gran confrontación —y eso sirve como arma en la lucha local.

Visto de lejos, y según qué tan lejos, el conflicto cambia de naturaleza. Con suficiente distancia, puede ser la lucha del Pueblo contra el Dinero, o de la Naturaleza contra el Capitalismo. Conforme se cambia la escala, y se baja a las siglas, y de las siglas a los partidos, los cargos, conforme se ponen nombres y apellidos, se identifican los lugares concretos, y se pregunta hacia dónde corre el agua y se averiguan las historias, el sentido cambia, se trata de otra cosa, el pleito se libra con otras armas y se resuelve de otra manera. Lo más interesante es que en cada escalón cambia la configuración entera del conflicto, entran nuevos actores, nuevos recursos, nuevos motivos, nuevas estrategias. Y hay razones para pensar que cuando un pleito no tiene solución, con frecuencia el problema es la escala.


[2022] Moscú – Petushki, de Venedikt Eroféiev es un libro desconcertante: divertido, angustioso, perturbador. La novela entera tiene el movimiento intermitente, a la vez rectilíneo y sinuoso de un vagón de tren; de hecho, es el auténtico relato de un viaje en tren, breve e interminable, entre Moscú y Petushki. Es un monólogo disparatado, alucinatorio, con pasajes explosivos, para reírse a carcajadas, seguidos de monólogos ásperos y amargos, jirones de una metafísica oscurísima, como de Dostoievski —o de Kafka. Entre una estación y otra, entre una botella y otra, cambia el registro, el narrador dialoga con el lector o con su vecino de asiento, y mete historias en cada historia, y va del ensayo a la diatriba a la descripción del paisaje, al recuerdo, de modo que hace pensar en Shklovski o en el Tristam Shandy, según cuándo. Descubre, para quien la hubiese olvidado, esa veta inagotable de la literatura en que van entreverados el humor, la amargura, el cinismo, las digresiones desordenadas, absurdas, la vertiginosa aventura insustancial y terrible de la vida común y corriente. Es una novela para leer de un tirón, si uno tiene un día entero, o para dosificarla a razón de unas páginas al día, dos o tres. Y son dos novelas distintas, y las dos magníficas.

Los diálogos delirantes, absurdos, son enormemente divertidos. Pero además resultan reveladores precisamente porque son absurdos. La fuerza de la novela es la fuerza del lenguaje; no hace falta coherencia, no hacen falta argumentos ni explicaciones de nada: son frases encadenadas azarosamente que muestran cosas. En cualquiera de las conversaciones de borrachos en el tren, por ejemplo, la conexión entre el genio, el alcohol, las mujeres, la muerte, permite atisbar algo misterioso, grave, definitivo e inolvidable: la clase de nexo que está en el registro de los mitos —de lo que no se puede decir, pero se puede mostrar.

Ricardo Figueroa

 


[2002] Europa se hizo a base de fronteras, Estados fuertes, ejércitos, jerarquías, mercados protegidos, también a base de libertades, derechos individuales, autonomía, privacidad. Religiosidad y secularización. Las dos cosas no pueden ser, o no pueden ser llegado un nivel de desarrollo, comodidad y consumo —en que se pide más, mucha más libertad, o muchas más fronteras. Es la disyuntiva que Europa no quiere afrontar, no quiere admitir siquiera, para seguir siendo Europa.

No sé si es más sorprendente la ingenuidad o la arrogancia en libros como este de Victoria Camps, ¿Qué hay que enseñar a los hijos? Es un catecismo puesto al día, moderadamente progresista, que insiste en dar rodeos sentimentales para repetir trivialidades sin que ninguna autoridad asome la patita. En todo se trata de encontrar un impertinente “justo medio”, construido siempre para decir que sí y que no, que conviene un liberalismo gregario, dócil y sentimental. Es el nivel del público, o el que imaginan los editores que es el público, y el nivel de lo que se viene llamando filosofía: literatura de autoayuda con algunas ínfulas, en una colección que ofrece los libros ya subrayados, con flechitas, recuadros y asteriscos, para que uno sepa qué es lo importante.

Lo más revelador es el perfil del individuo “razonable” que necesitan los filósofos de hoy (para que funcione su filosofía). Necesitan a alguien individualista, autónomo, pero no muy egoísta; solidario, preocupado por los demás, pero respetuoso de todas sus decisiones; que quiere a su familia, pero no la necesita; demócrata, pero obediente; igualitario, pero capaz de reconocer el mérito; tolerante, pero intransigente con los fanáticos; que sabe competir, que quiere competir, pero carece absolutamente de envidia. Necesitan a alguien que de manera íntima se subleva contra los “modelos” que nos impone la sociedad consumista, materialista, pero que sabe disfrutar de su propia vida sin complejos y comprar lo que le falta (y algo de lo que no le falta).

No es lo que ven los europeos cuando se miran al espejo. Pero la filosofía tiene eso.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

 

 

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Publicado en: De mis cuadernos