Doctos y solteronas

[18 de junio de 2016] Desde hace varios días leo Ceux de 14, de Maurice Genevoix. Leo unas cuantas páginas, un par de capítulos al día, los que corresponden a esos días, a esa semana. No siento la necesidad de seguir de inmediato. Pero tampoco abandono —como si de alguna manera lo fuese acompañando. La guerra es reiterativa, agobiante, pero siempre asombrosa. Cada día dejo el libro sabiendo que voy a retomarlo al día siguiente, sabiendo que me quedan muchas semanas por delante, todas parecidas, todas tristes, grises, terribles. Cada noche vuelvo a las trincheras de Verdún.

No hay casi nunca nada nuevo. Es un texto seco, rápido, dramático en su sombrío prosaísmo. Se trata de lo que hubo hoy para cenar, de si hubo tiempo para cenar, se trata de las posturas que tenían los cadáveres que quedaron en el camino —de unos y de otros. La guerra sin ninguna clase de adorno. Sin heroísmo, sin gesticulación pacifista tampoco. Y eso hace la lectura todavía más interesante. Es el relato de una rutina triste, obstinada, obediente. Y siempre falta lo peor, porque faltan semanas, meses de guerra.

Lo extraordinario del diario de Genevoix es que narra la vida. Es la guerra, con todo el espanto que se sabe: marchas, trincheras, obuses, gangrena, vísceras de caballos, cadáveres. Pero es la vida de los soldados: el ruido de los pasos, el olor de la tierra, las estaciones, a veces el olor de los cadáveres, la comida, la laboriosa tarea de asar un trozo de carne, la luz entre los árboles. Los detalles todos de la vida, en medio de la guerra. Es un diario como podría ser el de Josep Pla, el de Léautaud o Gide, el de Annie Ernaux o el de May Sarton, cada uno en su estudio, en su café, sencillamente la vida que pasa, con sus pequeñas tareas, salvo que en este caso la tarea es la guerra.

Un anónimo teniente a cargo de una trinchera avanzada: “Aujourd’hui je suis malade, et avec votre permission je choisis la tranquillité”.

El modelo para mí insuperable del diario es el de Stendhal. Están después, cada uno con su mirada, sus aficiones, su manera, los de Josep Pla, los de Léautaud con su minuciosa maledicencia, los de Azaña. Y está Genevoix, que escribe un diario, que mira con morosa atención cada detalle, sólo que en las trincheras. El contraste entre la batalla de Verdún en una crónica, en un libro de historia militar, en un documental, y en el diario de Genevoix, es inconmensurable: no ha sucedido lo mismo. Dar cuenta de Verdún exige dar cuenta también de esa distancia.


[1998] “En relación con un genio, es decir, con un ser que o bien fecunda a otro, o bien da a luz, tomadas ambas expresiones en su máxima extensión, el docto, el hombre de ciencia medio, tiene siempre algo de solterona: pues, como ésta, no entiende nada de las dos funciones más valiosas del ser humano. De hecho, a ambos, a doctos y solteronas, a modo de indemnización, por así decirlo, se les reconoce respetabilidad…” [Friedrich Nietzsche, Mas allá del bien y del mal]

La incapacidad para la auténtica creación produce almas pequeñas, mezquinas, resentidas, en la medida en que son capaces de reconocer alguna superioridad. El resultado es que convierten en virtud su propia incapacidad, y hacen de la creación un vicio, un defecto, una irresponsabilidad, un derroche infantil. Si es inevitable reconocer la creación: el libro, la tesis, la idea, la interpretación, se procura aislarla con un cordón sanitario; entonces se puede reconocer como cosa singular y única, obra de un remoto genio al que inmediatamente se rodea de una corte de exégetas que los compilan y lo resumen y lo achatan, y lo diluyen: lo normalizan. Poco a poco lo reducen a un método que cualquiera pueda seguir.

El culto al método es la garantía de que el desequilibrio del genio sea estrictamente accidental, que la norma será lo de todos, lo normal. Desde luego, es difícil que eso esterilice a alguien de verdadero genio o imaginación. Quien tiene algo importante que decir lo dirá de todas formas, y la normalización le trae sin cuidado. Y por cierto, no tiene que ser el impulso de un giro copernicano, basta descubrir un nuevo destello, una veta inexplorada —sólo una nueva manera de ver. No hace falta que el extraño sea Nietzsche o Frank Ramsey. Por otra parte, la mayoría de quienes se dedican al trabajo académico tienen madera de burócrata, y bien se está con su laboriosidad miope, alicorta, pacífica, rutinaria y un poco estólida (que además les permite darse aires de superioridad, incluso junto al pintoresco abejaruco de temperamento infantil capaz de imaginar algo nuevo). La universidad es así, el mejor de los mundos posibles.

Algo malo hay, sin embargo: que los estudiantes se vean obligados a alimentarse a base de la papilla insípida que se sirve en los libros de texto, en las clases, y que la esterilidad sea entronizada —y adornada de birrete, estola y toga.

Raquel Moreno

[Roberto A. Larrañaga D: La cosa parece venir de lejos: la lucha de egos, el encono, la teatralidad, la altivez afectada, las ínfulas de la medianía en el mundo académico. En sus memorias, Pío Baroja da cuenta de la petulancia de sus profesores durante sus estudios de medicina en Madrid a finales del siglo diecinueve. Sale particularmente mal parado José de Letamendi, quien, dice, buscaba la adulación de los estudiantes mediante la mistificación, la palabrería y una “audacia artificiosa, de colosalismo y de poca clase”. El escritor donostiarra plasmó su desencanto con el mundo universitario en su novela autobiográfica El árbol de la ciencia. En las primeras páginas, describe una escena grotesca en la que estudiantes descarados aplaudían al profesor de química al entrar en el aula para crear algarabía, y este, en lugar de incomodarse, se sentía reconocido y saludaba ceremoniosamente, lo que llevaba a los chicos a aplaudir a rabiar y a reír a carcajadas. “El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la ciencia, del microscopio…”. Las cátedras no hacían sino reflejar el ambiente de anquilosamiento y de falsedad de la España finisecular. Los profesores eran de esos «hombres universales a quienes no se conocía ni de nombre pasados los Pirineos», circunstancia que achacaban a una supuesta mala fe internacional —lo que nos indica las afinidades entre el resentimiento y las teorías de la conspiración.

Josep Pla, quien leía con fruición la obra barojiana, retrata el ambiente universitario barcelonés en El quadern gris. El 12 de marzo de 1919 escribe: “A mi entender, el peor efecto del establecimiento es la falsificación que produce en la sensibilidad, en la inteligencia y en el carácter. […] No es un esfuerzo por pasar de lo simple a lo complejo —como la vida exige—para llegar a una cierta visión humana quintaesenciada. Es un esfuerzo por simplificar mediante la trampa sistemática. […] En la universidad, el saber cuenta bien poco: lo importante es aprobar. He pasado cinco años de mi vida en una facultad de derecho: nunca he oído hablar, ni por asomo, de justicia. La palabra misma, no la he oído pronunciar. Probablemente habría estado fuera de lugar en un ambiente que pretende crear pícaros más que personas con cierto equilibrio humano. […] Los temperamentos fuertes, la universidad los ahoga, los corrompe”.

Y diez días más tarde, tras describir divertidas escenas caricaturescas en clase, sentencia: “En definitiva, la Universidad era un reflejo exacto de la sociedad del país. No era un organismo de selección. […] Había una mediocridad profesoral que correspondía a la mediocridad del país. Y finalmente existía una pequeña minoría de profesores conscientes y responsables de su oficio, que correspondía a la pequeña minoría —a la irrisoria minoría que parece tener por misión dar lo que sabe al país”.

Me quedo con esto último. A pesar de los pequeños rencores y engreimientos, en rarísimas ocasiones uno se encuentra con quien logra crear en el aula un ambiente propicio para la imaginación y la transmisión del saber —y deja huella.]


[2005] En una apología del ordenado funcionamiento del capitalismo, Deirdre McCloskey comienza diciendo que en 1800 el ingreso promedio en cualquier país era de unos tres dólares diarios, mientras que hoy en Noruega o Japón es de 100 dólares diarios: ¡Ah, los promedios! ¡Qué gran cosa! En India es de dólar y medio más o menos, en Angola es de casi ocho y en México de unos treinta… Ingreso promedio. ¡Y los ejemplos! ¿Descontamos la Guerra Fría, descontamos el gobierno Quisling, lo que vino después?

Ya por aburrimiento no se mete uno con la desigualdad: entre países, dentro de cada país, que también dice cosas del funcionamiento del capitalismo (y de los promedios). Pero sí llama la atención que se cuele un argumento así en un texto de alguien sobremanera sensible a la retórica, y que ha escrito más de un libro sobre la retórica de la ciencia económica. Tres es menos que cien, sin duda, pero ¿tres es siempre peor que cien? ¿Tres cómo, dónde, para quién, es peor que cien cómo, dónde, para quién o para qué? ¿Es mejor, es peor en promedio? Ese primer paso del argumento quiere ser, como se dice, un “descontón”: esto es mejor sin discusión posible, pero es una falacia bastante grosera.

Pienso en argumentos similares. En otro tiempo, la gente se quedaba en su casa, en su tierra, y era pobre (tres dólares al día, promedio); hoy viaja, emigra, se arriesga, hace colas interminables, padece lo indecible para conseguir un trabajo… Debe ser que le gusta mucho trabajar (y en Estados Unidos o en Noruega gana cien dólares al día, en promedio). Y sí, es como si Lewis Carroll hubiese sido economista.

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

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Publicado en: De mis cuadernos