
[2021] Por lo visto, a Virginia Woolf le parecía que, como compañía en la mesa, Wittgenstein era “not so amusing”. Y sin duda tendría razón.
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[2013] Como sus otras novelas sobre la actual crisis griega (Suicidio perfecto, Con el agua al cuello), Liquidación final, de Petros Markaris, tiene un aire melancólico, de algo entre la ira y la tristeza. Más bien, una ira fatigada, falta de esperanza, que por eso se queda en tristeza. Los personajes tienen la vitalidad y el colorido de siempre —a pesar de todo, a Markaris le gusta Grecia, sin duda. La trama es entretenida, sencilla, ágil, inverosímil como relato pero muy eficaz como recurso político.
Markaris se queda a un paso de la alegoría. Se mantiene en la novela, y en la novela policiaca en particular, es decir, conserva la distancia, permite los matices, es oscuramente realista. Pero todo: sus personajes, sus situaciones, pueden ser leídos en clave alegórica.
Si se mira en términos políticos, y al final no hay más remedio, es una reflexión simple y contundente. En la trama está todo el repertorio que uno podría esperar: la corrupción, la evasión fiscal, las complicidades partidistas, la burocracia, también la estéril indignación de la gente que no conduce a nada, que carece de cualquier propósito político, de cualquier idea propiamente política, aparte de un barullo protestón, adolescente, fantasioso.
Acaso sea lo que más se echa de menos en la actual crisis europea: una articulación política seria, adulta, responsable, del descontento, de la ira de estos años. Algo más que gritos y bailes y batucadas. Sólo la hay en los nacionalismos más cerriles. Para la mayoría, desde luego para la mayoría de la clase política, la Unión y el Euro son intocables, y muchas cosas más, y eso pone límites a la imaginación. Sólo alguna de las voces sensatas dice que hay que cambiar las reglas del banco central, alguien pide una nueva legislación financiera, un nuevo orden para las empresas calificadoras. Pero nadie se está planteando la reorganización de la estructura productiva, pensando en lo que puede venir. Mucho menos los nexos entre esa estructura política, legal, productiva, y un nuevo orden con movimientos masivos de migrantes, nuevas tecnologías, circuitos globales —otro clima, otras potencias. Aparte de la nostalgia, faltan ideas. Y falta una generación de políticos que las pueda encarnar de manera creíble. No son estos.
Eso, lo que sea, será para después de Europa.
“Entre el orden y el desorden, impera un momento delicioso. Todo el bien que puede producir el arreglo de los poderes y los deberes una vez adquiridos, se puede disfrutar porque comienza a relajarse el sistema. Las instituciones se sostienen todavía. Son enormes e imponentes. Pero sin que se haya alterado nada visible en ellas, ya no son más que esa hermosa imagen; sus virtudes ya han dado lo que podían dar de sí; su futuro está secretamente agotado; su naturaleza ya no es sagrada o no es más que sagrada; la crítica y el desprecio las agotan y las vacían de todo contenido próximo. El cuerpo social pierde dulcemente su mañana. Es la hora del disfrute y la realización general”. [Paul Valéry, Préface aux Lettres persannes].
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[11 de enero, 1997] La juventud es intolerante, propensa al odio y a la violencia, al ánimo de revancha —porque ha vivido poco. Desde luego, todo eso podría ser más o menos saludable si alimentase alguna ambición inteligente, o si hubiese algún riesgo real en la rebeldía, por estúpida y descaminada que fuese —el riesgo de morirse, digamos. Lo triste es que la sociedad de hoy, en casi todas partes, pero sobre todo en los países centrales, pone a los jóvenes a salvo de todos los peligros, empezando por el de un porrazo de la policía: el orden bondadoso, culpable e inseguro, protege y ampara, incluso festeja todas sus rebeldías que por eso dejan de serlo, y pierden toda dignidad. En el extremo, podrían llegar a perder una beca… ¡y aun eso!
Como resultado lo ha que hay es matonismo, una arrogancia sin nobleza, un fanatismo artificioso e hipócrita, exhibicionista, capaz de ensañarse con los más débiles, con los culturalmente vencidos de antemano —los que no representan para ellos una amenaza de nada: ¡banqueros! ¡Políticos! ¡Judíos!
Pocas cosas que puedan resultar tan dañinas (¿dañinas?) para una sociedad como endiosar a la juventud, abdicar frente a ella. No es raro, pero es patético. Manifiesta una profunda desconfianza hacia lo que hay, lo que se ha valorado, lo que se ha construido. Y acaso no es otra cosa más que resentimiento, y la vergüenza de no estar a la altura de nuestros mayores. Y de ahí el deseo de verlo vencido, superado —¡que vengan los jóvenes! El problema es que allanado el camino para la rebelión sólo se consigue esterilizarla, y se anula lo que podría haber en ella de fuerza creadora, lo que a pesar de todo podría haber valioso en la protesta real, en el riesgo. Y queda lo que nadie quiere, una juventud deseosa de envejecer, a condición de que nada cambie.
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.