
[2003] “El sentimentalismo es el vicio preponderante entre aquellos que dudan de su propia virtud”. Adam Phillips (La caja de Houdini)
Exagerar la expresión de los sentimientos es una forma de disimular, como es toda exageración. En general, se exagera la expresión porque se duda del sentimiento mismo, de modo que hay que afirmarlo con mucho más énfasis; o bien se exagera el lado sentimental para ocultar la falta de motivaciones morales o racionales —y poner la afirmación fuera de toda duda.
Nuestra época es sentimental en la misma medida en que es básicamente inmoral. No hay criterios morales compartidos, aceptados, vigentes, vivos, no hay ni un fundamento aceptable de la virtud ni una justificación; en su lugar se ponen los “buenos sentimientos”. Que sirven para lo que haga falta.
Toda virtud es dudosa. Toda expresión moral (inequívocamente moral) es dudosa. No queda más que fiarse de los sentimientos, como sucedáneo. Para salvar la cara.
[Claudio Lomnitz: La alharaca sentimental sirve para tapar el hecho de que la retórica –el arte de la persuasión– ya no viene respaldada por un mundo donde la inmoralidad esté rodeada de sanciones eficaces; por eso la retórica recae casi enteramente en la gestualidad, mientras se izan las banderas apestosas del "ser congruente” o también del "no ser igual”, de ser una especie de contraejemplo monumental.
Esta hipótesis –que se desprende de la notable lectura que Fernando Escalante ha hecho del sentimentalismo en la historia cultural moderna– merece guiar un gran empeño etnográfico, que consistiría en describir de manera detallada y minuciosa los aspectos performativos de la expresión sentimental para, a partir de este esfuerzo, poder construir un discurso crítico que nos ofrezca algunas pautas para construir una nueva higiene para la discusión tanto política como académica. El proyecto, aunque laborioso, es realmente urgente.]
[David Peña-Alfaro: En México en los últimos años la exageración sentimental ha sido una espléndida puesta en escena para un disimulo ético, en donde las líneas del apuntador teatral son más importantes que la obra misma. La exageración sentimental provoca una sensación de virtud, disimulando el vacío en el gobierno mismo. La manipulación sentimental cuesta poco y se vende a un precio alto, aumentado los márgenes de utilidad gubernamentales y causando alborozo entre los agiotistas políticos. En México la exageración sentimental cala hondo porque concebimos por naturaleza que se habla con el corazón en la mano, y que se hacen aparte los intereses mezquinos para dar cabida a la autenticidad y a la sinceridad. ¿Qué más se puede pedir de nuestros gobernantes? El reto para los ciudadanos de a pie es lograr distinguir entre la emoción, la convicción y la manipulación.]
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[2022] No descartaría la idea de que lo que la gente festeja en México hoy sea la destrucción del Estado, sin más. Todo. De toda burocracia, da igual su objeto (comercio, tráfico, educación, competencia, salud, da lo mismo). Podemos pensar que mucho de ese Estado, mucho de lo que hacía esa burocracia era para beneficio de la gente. Pero es probable que con frecuencia el beneficio fuese dudoso, tardío, condicionado, o que sencillamente se diese por hecho. Podemos pensar que el resultado será desastroso precisamente para quienes lo festejan. A lo mejor es así. Pero nadie piensa en eso mientras dura la fiesta —y al menos hubo fiesta.
[¿Y no ha sido siempre así?]
[Esteban Salmón: Tal vez no es la destrucción del Estado lo que se festeje, sino la nueva capacidad de apropiarse de él gracias a la destrucción de una forma de entender la burocracia. La vieja burocracia derivaba legitimidad de su autonomía y la nueva de su subordinación a los representantes del pueblo. No es claro que la vieja burocracia fuera más autónoma, ni que la nueva represente más a nadie. Tampoco que la vieja y la nueva burocracia sean tan diferentes. Pero cambiaron los estándares para juzgarla y eso cambia en qué consiste ser burócrata y quiénes quieren serlo.]
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[2003] El humanitarismo (diría el “nuevo humanitarismo”, pero no creo que haya otro) se antoja la transparencia misma, pero plantea toda clase de dilemas. Es interesante que haya venido cobrando auge conforme decaía, y desaparecía en realidad, la ideología “desarrollista”. En la práctica, para decirlo claro, ya no se trata de impulsar el desarrollo (que ha sido imposible a base de empujones), sino de paliar algunas de las consecuencias de las catástrofes —muchas, por cierto, resultado de lo que ha habido de desarrollo. Por otra parte, también reproduce los argumentos “civilizatorios” del colonialismo; es decir, incluye algo de lo mejor de la idea colonial (aunque hoy no pueda decirse así), pero también puede servir para reproducir lo peor. Por supuesto, lo fundamental es que necesita hacer abstracción de la política concreta: la ayuda humanitaria es por definición “no-política”. El problema es que toda catástrofe ocurre en una situación política imposible de obviar.
Las dificultades, las ambigüedades se reproducen por igual en los países que envían y los que reciben la ayuda, y las organizaciones que sirven de intermediarias. La ayuda humanitaria, por eso se ofrece, por eso se pide, no está atada ni depende de ningún interés, no obedece a ninguna estrategia ni favorece a nadie en particular —salvo que sí. Porque en un extremo y otro, y en cada tramo del camino, está la política, que en las catástrofes suele ser una política armada. Tendría interés rastrear la idea de lo humanitario como no-político, por qué nos hace falta, por qué es imposible.
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[2003] La obsesión (es una obsesión) por la “autenticidad” no tiene nada de raro. La mayor parte de nuestra vida no es nuestra: está organizada por mecanismos ajenos, imperativos, que nos parecen remotos, detestables. No hay forma de sentirse uno, único, ni siquiera cómodo con el trabajo que uno se ve obligado a hacer, con la imagen que uno se ve obligado a proyectar, con el personaje que uno se viste cada mañana.
Lo malo es que no tenemos otro recurso, frente a la realidad de la simulación, sino la simulación de otra realidad: ésa sí, auténtica. Por oposición al mundo de reglas, razones, posiciones, direcciones, imaginamos la autenticidad como algo puramente emotivo, irracional, involuntario, eso que somos porque no lo podemos evitar. Y terminamos uncidos a la misma yunta. Renunciamos a la posibilidad de otra razón, sólo ajena al mecanismo irracional del mundo.
[Esteban Salmón. Tal vez los populismos contemporáneos ofrecen en las plazas, las reuniones de sus partidarios y sus marchas ordinarias la validación de la “autenticidad” por la racionalidad. Los discursos y eslóganes compartidos evocan la autenticidad del pueblo gracias a una racionalidad compartida. Y también devuelven algo de dignidad a quienes se comprometen con ellos. El reconocimiento de esas ideas, su apropiación, generan pertenencia al pueblo que es siempre auténtico. Pertenecer al pueblo es asunto de la convicción con la que uno manifiesta, repite y actúa de acuerdo con ciertas ideas. Si lo “auténtico” es auténtico depende de la convicción personal con ciertos ideales. Los ideales no están en disputa pero la convicción de cada quien sí. El problema es cuando lo auténtico se vuelve el criterio para ser tomado en cuenta.]
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.