
[2022] La verdad es siempre complicada (basta imaginar el enredo que viene después de decir: “mira, te voy a contar la verdad”). En realidad, es imposible. Más bien habría que decir que cuanto más nos aproximamos a una descripción justa de las cosas, porque de eso se trata, más complicado, más dudoso, turbio, equívoco se vuelve todo. Estaba más claro antes —y cuanto menos se sabía, más. La verdad es siempre complicada.
* * * * *
[2023] La urbanización cambia el sentido de la política porque cambia por completo el sistema de las necesidades. Las ciudades demandan recursos de todo tipo, demandan una nueva clase de atención, generan nuevas necesidades, las modifican, generan también nuevos riesgos, nuevos tipos de conflicto, y por eso crean nuevos campos para la legislación y la política. De manera mucho más apremiante cuando es un proceso acelerado.
Los problemas urbanos no permiten una solución automática, ni el mercado ni el tiempo los resuelven (¿Quién es el propietario, quién puede construir, qué puede construir? ¿Por dónde se traza una calle, qué tan ancha? ¿Mataderos, mercados, comercio ambulante, transporte?). Pero tampoco admiten una solución definitiva, porque lo propio de las ciudades es transformarse —en eso consiste lo propiamente urbano: es un movimiento de cambio. Por otra parte, los problemas urbanos tienen siempre una dimensión material concreta, porque se trata del espacio, y de las formas de usar y habitar el espacio.
La formación de una ciudad, o el crecimiento de una ciudad, la urbanización supone el surgimiento de necesidades que no había, como el transporte colectivo diario, como los servicios de agua, energía, drenaje, recogida de basura, alimentación, para una población densamente concentrada, o como la contigüidad de espacios productivos y espacios de vivienda, o la nueva contaminación, la existencia misma de los vecinos y sus mascotas y su malhumor. Nuevas necesidades que piden más recursos (financieros, legales, políticos, administrativos), y soluciones que a nadie se le había ocurrido imaginar.
Sólo para poner un poco de orden, lo que podemos llamar la “cuestión urbana” tiene dos dimensiones básicas: el equipamiento urbano y el mercado del suelo. Las elites locales: propietarios, industriales, compañías urbanizadoras, sindicatos, transportistas, líderes agrarios, condicionan las dos cosas, y sobre todo dificultan todos los (posibles) intentos de planeación. Eso hace que lo que podría teóricamente plantearse como un asunto técnico, de papel y lápiz, sea en realidad un problema político (el ingeniero puede diseñar el plano del drenaje o del suministro de agua, del orden del tráfico, las reglas de calidad del transporte público, pero luego hay que hacerlo).
Pero es una política peculiar también por otras razones. En las ciudades el Estado se desdobla en autoridad nacional, estatal y local, con un repertorio de leyes de los tres niveles, que suponen otros tantos estratos y ramales de burocracia. El sistema de las necesidades plantea nuevas exigencias que transitan entre los tres niveles. La clase política tiene que mediar, satisfacer en alguna medida las necesidades (con recursos que siempre faltan), contribuir a mantener en alguna medida el orden (donde el desorden es moneda de cambio), y negociar en alguna medida el incumplimiento selectivo de la ley —según de quién, según para qué.
La historia del siglo XX mexicano es la historia de la urbanización. En las ciudades se manifiesta el orden en una dimensión espacial, se hace visible, condicionado por el sistema de las necesidades. Agua, alumbrado, drenaje, policía, mercados, transporte, construcción, parques. El Estado existe así, se hace visible así, con todas sus incongruencias. Porque no hay una “solución estatal” para las cambiantes necesidades urbanas —que producen incesantemente clientelas políticas, sea de ambulantes, vecinos, taxistas o inmobiliarias.
[Antonio Azuela: De la reflexión de Fernando Escalante sobre la urbanización salen varias hebras, muchas de ellas sociológicamente relevantes. Pero hay una que quiero destacar: y es que ese interés por la complejidad de lo urbano no sólo no es ampliamente compartido, sino que tiene su correlato en un antiurbanismo que domina la conversación pública hoy en día; una especie de malestar cultural que impide a muchos tomar en serio esa complejidad. Desde luego, esto viene de lejos: cuando la capital del imperio romano alcanzaba el millón de habitantes, Juvenal y Marcial escribían los primeros manifiestos contra la vida urbana e inventaban la arcadia rural que sigue entre nosotros. Hoy en día los estudios urbanos reúnen a cientos de investigadores que, a pesar de documentar los diversos aspectos de los procesos de urbanización, hemos sido incapaces de contagiar nuestra curiosidad sobre las ciudades.
Un buen ejemplo de lo que trato de decir es el Tren Maya. Por un lado, despertó el temor de la destrucción de la sociedad rural (cultura y ecosistemas) de la península de Yucatán por una urbanización “tipo Cancún”; por el otro, los defensores del proyecto eran incapaces de ofrecer una imagen atractiva del futuro urbano que la obra “detonaría”. Alguien dirá que lo que realmente estaba en juego era la opinión sobre el promotor de la obra. Pero lo cierto no es una cosa u otra: pensar nuestro futuro urbano implica todo el paquete: temores, esperanzas y clase política incluidos.]
* * * * *
[2023] Estoy en los últimos capítulos de El hombre sin atributos, de Musil, y me distraigo con dos obras de Muñoz Seca: El gran ciudadano, El rey negro. El contraste no podía ser mayor. Musil escribe para la Historia, su público es la Humanidad, y con razón, y escribe una novela que llega a las mil doscientas páginas, y se queda sin terminar. Muñoz Seca escribe para el público de un teatro de Madrid de 1934. Obras que se olvidarán en dos semanas. Imposible imaginar cosas más distintas —acaso la guía telefónica, que entonces había. Sólo me sorprende un poco encontrar igual de agradable lo uno y lo otro. Puedo ver las costuras, los artificios de Muñoz Seca, los trucos, las inverosimilitudes, las simples payasadas, puedo ver también la pedantería de Musil, su enredo metafísico. No me estorba ni lo uno ni lo otro. Es literatura.
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.