De mis cuadernos, 4

[1996] Un apunte de Shiva Naipaul (North of South) me lleva a pensar de nuevo en el problema de la civilización o, para que se entienda, en la civilización como problema. Habla de África, de las deformidades productivas, sociales, culturales, burocráticas, que se producen como consecuencia de la aceleradísima modernización de las décadas de la Guerra Fría. Menciona en particular la pérdida del sentido de la realidad que tendría que imponer límites a la ambición, a las aspiraciones de todo tipo. De pronto, todo es posible —y es sencillo además. La realidad se vuelve peligrosamente maleable.

 

Es la misma sensación que se tiene con frecuencia en México: no hay límites, o no hay conciencia de que haya límites, se puede hacer cualquier cosa, no hay necesidad de autocontroles ni de disciplina alguna. Ni siquiera, y eso es lo extraño, la mínima moderación que debería imponer el sentido común (o el más superficial conocimiento de la historia). No creo que sea la ambición megalómana del presidente, aunque siempre haya eso, porque venimos haciendo lo mismo desde hace doscientos años —a golpe de leyes y de discursos, y de frases bonitas.

 

Hay algo aterrador en esa ambición infantil de crearlo todo de nuevo, en esa irresponsabilidad absoluta, criminal, perfectamente imbécil. De hecho, en algún sentido que habría que desentrañar con calma, hay motivos para pensar que éste es un país de idiotas, o donde mandan los idiotas: peligrosos además.

 

 

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[2000] Cuarenta años después. El clásico diagnóstico de C. P. Snow sobre las “dos culturas” no parece seguir siendo válido. Ni con el añadido un poco escurridizo de Susan Sontag. La separación persiste, si uno quiere verla, pero las fronteras son muy distintas —aparte de que las consecuencias ideológicas que imaginaba Snow son igual de insostenibles que entonces. Se me ocurre que vale la pena volver sobre el tema porque ese cambio de fronteras tiene algún interés. O eso creo.

La que Snow llamaba “cultura literaria” incluía, aparte de lo que estrictamente llamamos literatura, un conocimiento básico (de hecho, mucho más que básico) de las Humanidades en general, de Platón, Suetonio, Tácito, Séneca y San Agustín, a Spinoza y Schopenhauer. Esa “cultura” es hoy casi inexistente y en todo caso irrelevante, salvo como reliquia. Por su parte, la “cultura científica” de Snow ha adquirido un predominio absoluto sobre la sensibilidad de nuestro tiempo, pero no se ha vuelto ni más general ni más inteligible, no permite una forma básica de comunicación.

La frontera se ha movido de tal manera que ya no hay una alternativa. La posibilidad de una “cultura literaria”, con ese acento humanista que le daba Snow, es cada vez más remota. El lenguaje de la ciencia, el método o los métodos, la manera de mirar el mundo de la ciencia es la única digna de crédito —incluso en los estudios literarios, en la historia. En esa línea quiero leer la crítica de Allan Bloom del sistema de educación superior. Nuestro orden moral no es capaz de reproducir una cultura no-científica. Peor: no nos permite siquiera ver lo que hemos perdido con eso.

Aparte de la dispersión de los especialistas, cada uno con su idioma, predomina lo que se me ocurre llamar, puestos a ello, una “cultura de la ciencia aplicada”, que se expande cada vez más deprisa. No es una mirada propiamente científica, sino una inclinación técnica (más bien una especie de cargo-cult) que tiende a dominarlo todo, y que barre incluso con los gestos más superficiales de deferencia hacia la cultura tradicional.

Sigue habiendo libros y lectores, y seguramente más que nunca, pero en lugar de la “cultura literaria” de la que hablaba Snow se ha desarrollado una industria del entretenimiento mediante la lectura: un desarrollo bastante monstruoso de la literatura industrial de siempre, que mantiene el valor simbólico de la lectura, pero sin ninguna clase de exigencia —ni del lector ni de los autores. Esa “lectura entretenida” se incorpora al orden cultural de la ciencia aplicada sin ninguna dificultad: su ambición narrativa es equivalente a la del cepillo de dientes eléctrico o el horno de microondas. De hecho, es la misma. Ya no hay dos culturas. Y lo que hemos perdido es la torturada, luminosa, inasible complejidad de la cultura clásica; puesto en una frase: ya no somos capaces de entender a Antígona.

[Rainer Matos Franco: “Sigue habiendo libros y lectores, y seguramente más que nunca, pero en lugar de la cultura literaria” de la que hablaba Snow se ha desarrollado una industria del entretenimiento mediante la lectura”.

Esta frase resuena en mi cabeza en paralelo con una inquietud que he tenido desde hace tiempo.

Desde mi inexorable melomanía se topa uno con la idea de que la sica clásica” está muriendo. La adversativa inmediata es que nadie ha escuchado más a Mozart por tomar el ejemplo fácilque en la actualidad. Y que quizás con cada año que pasa se escucha más a Mozart gracias a la facilidad de las comunicaciones y tecnologías de hoy. Con toda seguridad podrá decirse que en 1784 Mozart jamás hubiera imaginado ser escuchado por millones de personas en unos cuantos días. Y tampoco creo que más de 100 millones de reproducciones en Spotify del Rondò alla turca” —que ni se llama así, y que al afirmarlo como tal ya estamos confinándolo a la versión pervertida por (¡y para!) el entretenimientofuera lo que Mozart hubiese entendido por “éxito”.

Es el fetichismo de lo mentado, de lo imperdible”. Haciendo el símil, es la industria del entretenimiento mediante la música (que casi nos impele a escuchar a Mozart y a ignorar a Alkan o a Tíshchenko); es la imposición de lo extrañamente reputado (como la Mona Lisa, otro título exógeno). Es la actitud invasiva de quien aplaude antes de que termine la pieza. (Como dice Raúl Zambrano en El eco de lo que ya no existe, hay pocos instantes más trascendentales que el segundo o segundos que transcurren entre el final de una pieza y el primer aplauso; muchas versiones grabadas de la Lux Aeterna de Ligeti [1966] no contienen los siete compases de silencio al final, y nadie los toma en serio; se ha perdido la concepción del balance, del contraste, y ¿no somos todos nuestros contrastes?). Es quien cree necesario aplaudir, en una obra de varios movimientos, aquellos que terminen en forte, con el típico tan-tán, en vez de hacerlo también en los que culminan en pianissimo o de, mejor, no hacerlo en lo absoluto. Eso por no hablar del celular que suena en fortissimo a media pieza, y de la subsecuente guerra de los shhh…

Sé que no es una inquietud original (para muestra cualquier texto de Philippe Muray, o las quejas de Ernst Gombrich sobre los Rolling Stones); es de hecho bastante vieja, casi tan antigua como la música de concierto. Sin embargo, también en diálogo con entradas anteriores de su blog, me temo que la queja se puede malinterpretar, más que por el consabido fetiche del esnobismo porque esos ejemplos ocurren también hasta en conciertos de rock, por autoritarismo”. Callar o ver con mirada reprobatoria al personaje cuyo celular sonó a medio concierto ya es, a su vez, motivo de reprobación por parte del usurpador sobre lo usurpado. Regañar al alumno que está viendo el celular en plena clase ya es anticuado”; el sistema actual invita a claudicar y a hacer una deferencia ante el estudiante distraído. Hay que entenderlo” (¿entender qué exactamente?).

En fin. Esto en cuanto a ese cambio de fronteras” que, además de barrer con la cultura tradicional, ha barrido ya con su necesidad, además de con todo beneficio de la duda hacia la combinación otrora poderosa (y, creo, útil) de seriedad y sensibilidad. Quejarse de eso ya es ser viejito”. Es clamar en el desierto.]

 

[Alfonso Gómez Arciniega: En una cartuja de la Ciudad de México, junto al hotel El Greco, un químico escribía en el escritorio de San Antonio versos plagados de “maxmordones”, “piedras de Cuzco”, “berserkers” y “jenny hanivers”. En aquellos palimpsestos se asoman acantilados cincelados por brisas cantábricas, atrios con durazneros y begonias de plata, cruces de piedra con runas musgosas y cenobios en semipenumbra, con mariposas negras, diablos, arcángeles y druidas participando del quieto regocijo… The Fairy-Feller’s Master-Stroke de Richard Dadd. Antes de refugiarse en el castillo de Sigmaringa, un médico escribió una tesis doctoral sobre Ignaz Philipp Semmelweis, quien indicó por primera vez los medios profilácticos contra la infección puerperal. El descubrimiento se topó con la indiferencia, luego con el odio y finalmente con la marginación. El autor del Voyage au bout de la nuit advierte en esta tesis sobre la peligrosa suposición de la ciencia como fenómeno neutral: “Al parecer Semmelweis no poseía, o pasaba por alto, la indispensable comprensión de las fútiles leyes de su época, de todas las épocas por lo demás, fuera de las cuales la estupidez es una fuerza indomable”. ¿Qué quedó después de la extinción de estos fósiles vivientes? Los enajenados que creen que alguien gobernará mejor porque es “científico”, filósofos que cargan contra el “régimen despótico neoliberal” y activistas que derivan legitimidad porque estudiaron en Harvard, aunque digan cualquier barbaridad. La cultura literaria se ha vuelto útil para promover superventas, posar como modelo de virtud, pontificar sobre el feminismo, la ecología y la igualdad… Pero se pierde un sistema de referencias que agiliza la comunicación: poeta, filósofo, universidad, Nobel de Literatura significan otras cosas y eso, además de fomentar imposturas y usuras, hace casi imposible avistar a los fósiles vivientes que cultivan la cultura clásica en los márgenes. “Vámonos a equivocar de otras maneras./ Que ellos sigan la opereta de la toga y el birrete, la venera y la muceta, el congreso/ y los viáticos. Lo han ganado;/ lo desean. Qué ocasión”. Gran noticia: “Buque de investigación documenta el hallazgo de cuatro ejemplares de Nautilus belauensis en el archipiélago de Palau.]

 

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[1997] Aclarémonos. La inmensa mayoría de las limpísimas ideas y los bellos sentimientos, de los generosos ideales del siglo veinte no han sido más que indicios de impotencia y esterilidad. Incapacidad para pensar a fondo, en serio. Miedo. Ni un liberal ni un demócrata, ni un socialista se arriesga a mirar el fondo siniestro, maloliente, equívoco, del terreno que pisan. Todo lo que pueden ver es seguro porque es hermoso, estéril, inservible —la política de había una vez, en un lejano país…

 

 

[Alfonso Gómez Arciniega: Eran aproximadamente las nueve de la noche; el sol se precipita y no deja tras de sí más que un crepúsculo fugitivo. Su disco, cercado de vapores rojizos, rueda sobre los bosques sombríos que coronan el horizonte y sus rayos, reflejados por el vidriado de los palacios, ofrecen al espectador la idea de un vasto incendio. Los ríos tienen un lecho profundo y riberas escarpadas que les dan un aspecto salvaje.

El Conde (Nicolás Gómez Dávila): “El fervor con que el marxista invoca la sociedad futura sería conmovedor si los ritos invocatorios fuesen menos sangrientos. La fealdad de un objeto es condición previa de su multiplicación industrial”.

El Caballero (Léon Bloy): “Diremos adiós a nuestros queridos árboles… Lo echarán todo abajo para hacer sitio a más casas de alquiler horrorosas. Por efecto de una profunda ley del simbolismo, el dinero aborrece a los árboles y ese odio impulsa al propietario a la destrucción del Paraíso”.

El Senador (Carl Schmitt): “El gran empresario no tiene un ideal distinto al de Lenin, a saber: conseguir una tierra electrificada”.]

Fernando Escalante Gonzalbo

Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.

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Publicado en: De mis cuadernos