Cuentos sin moraleja

[2022] De Martín Díaz y Díaz. En la constitución de 1917 hay una tensión básica entre dos programas políticos, dos ideas incompatibles: la idea garantista del liberalismo clásico, la ley como medio de protección para los individuos, y la idea reformista autoritaria de la ley como recurso para la transformación social. Los artículos del proyecto reformista (3, 27, 115, 130) desmienten los derechos establecidos por los otros artículos —los que llamamos de garantías individuales. Crean una autoridad central fuerte, encargada de transformar el orden social explícitamente en contra de la voluntad de los individuos, y por encima de sus derechos.

Esa tensión crea un Estado ambivalente que según el caso es liberal o reformista, garantista o autoritario. La idea del Estado fuerte en un caso implica la protección de los individuos, en otro caso implica la capacidad de intervención de la autoridad. De eso está hecha la heterodoxia constitucional mexicana, que es lo uno y lo otro. El derecho como obstáculo para los políticos, el derecho como recurso de fuerza de la política.

El polo reformista de la constitución, según Martín Díaz, corresponde al polo de las necesidades, que equivaldría a la “realidad” en la explicación de Rabasa, mientras el polo garantista responde a una aspiración. Pero lo importante es que coexistan los dos —en eso consiste su posible eficacia.

Es decir, que en el caso mexicano, en el siglo veinte, el Estado-como-idea no implica necesariamente la limitación taxativa de la clase política, sino una forma concreta de articular su poder.

Eso fue lo que trató de corregir el régimen de la transición. La idea era suprimir o delimitar rigurosamente las facultades de la clase política, y sustituirlas por la actuación de una autoridad limitada por reglas, por el mercado, los tratados internacionales, por las obligaciones de la transparencia.

[Antonio Azuela de la Cueva: Martín Díaz y Díaz tenía razón y por ello también el gran mérito de decir lo que los constitucionalistas callaban, pero esa tensión existe en todo orden constitucional en el contexto de un Estado de bienestar. El caso mexicano se distingue porque ella se presenta en el texto mismo de la Constitución, de manera descarnada y en un tono beligerante, lo que hace que tengamos una constitución más colorida, pero nada más. Lo que me parece interesante, para nuestros días, es recordar que, antes de que adquiriera fuerza la idea de los derechos económicos, sociales y ambientales (DESCA), como parte del nuevo lenguaje de los derechos a fines del siglo veinte, los contenidos “iliberales” de la Constitución de 1917 fueron vistos, primero, como faro mexicano que iluminó al mundo, por los juristas del régimen y, después, como vergüenza nacional de un Estado autoritario, por los juristas de la transición. Y es que la nueva generación de juristas defensores de los DESCA no supo revivir al 27 y al 123, o acaso es que no quiso, ya que, salvo excepciones, la nueva agenda era otra, que no incluía ni la cuestión del trabajo ni la de la propiedad, que hoy se presenta como el problema de la vivienda, en el contexto de una sociedad urbanizada. Esto no significa desconocer la importancia de la agenda de los derechos tal como se ha desplegado, pero hay que registrar que eso que se llamaba“la cuestión social”, cuando fue registrada por el lenguaje de los derechos, no se vinculó con la tradición constitucional mexicana, sino que se inspiró en lo que ocurría en el plano internacional. Falta ver si el nuevo régimen cuenta con una generación de juristas capaces de revivir o de redefinir los derechos sociales de la Constitución para el siglo veintiuno.]

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[2022] Carlos Pujol: “Los peores enemigos de la literatura son la sociología y la moraleja, la representatividad y el mensaje. Salvados estos escollos se puede empezar a hacer algo”. Sin duda. Pero yo diría que son también los peores enemigos de la sociología: lo mismo la representatividad, que significa poner entre paréntesis la historia concreta, lo absolutamente singular, con todos sus complicados detalles, y la moraleja, de asesor o agitador, da lo mismo, que es tal vez el vicio capital de los sociólogos —en tiempos woke tanto o más que antes. O sea, que hay que salvar esos escollos.

En realidad, es algo muy simple: hacer sociología como se hace literatura, tratar de dar cuenta de lo singular en toda su ambigua, matizada y confusa complejidad —incluida la historia, por supuesto. Todo lo demás, la interpretación de los procesos largos, los ensayos de explicación general, los panoramas, los análisis de estructura o las aproximaciones a la filosofía de la historia tienen que ser prolegómenos. Sirven de soporte, si acaso, para comenzar el verdadero trabajo sociológico, que es básicamente descripción.

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“Cualquiera que, al final de su andadura, tenga la impresión de haber tenido éxito en su vida, es que no debía aspirar muy alto en el punto de partida”

Simon Leys [La felicidad de los pececillos]

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[2003] The way of a serpent, de Torgny Lindgren, es la historia oscura de un milagro incomprensible: un alud que arrastra una casa, matando a todos los que la habitan, junto con el casero, en el momento exacto en que iba a ser asesinado.

Un campesino sueco habla con Dios, le cuenta su vida. Una vida miserable, oscura y repetida. Siempre endeudado, dependiente del pequeño usurero local, de su hijo; el padre y el hijo ajustan las cuentas primero con la madre, más tarde con la hija, finalmente con la esposa del narrador. Todo con una monotonía maligna.

Es una confesión, un lamento, un ruego, una oración y una queja. Nos llega sólo una voz lastimera que habla con Dios, un Dios incomprensible en un mundo incomprensible, donde todo sucede sin razón y sin remedio. Pero el protagonista no es Job: no es bueno ni bienaventurado, no es un justo. Tampoco pide a Dios justicia. Sólo pregunta.

La reiteración de las situaciones: las deudas pendientes, la reclamación del usurero, el lamento de la mujer, una vez y otra, y otra, hacen que el relato adquiera el tono de una extraña letanía, obsesiva, repetida y vacía. Dios es el orden, el motivo único es la deuda -y los términos casi podrían cambiarse. La vida entera, endeudada. Es posible vivir porque es posible tener deudas: sin el préstamo no habría vida. Pero toda la miseria y la destrucción proviene también de la deuda. El orden maquinal, inalterable, aplastante, de la degradación proviene de la deuda.

El relato todo es una extraña meditación religiosa. Indignada, seca, sin una sola lágrima, sin que nadie llore. Es la expresión de un dolor oscuro, una miseria sin horizonte ni esperanza de nada: una historia sencilla.

Fernando Escalante Gonzalbo

Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.

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Publicado en: De mis cuadernos