[24 de diciembre de 2007] Leo un titular absurdo de Milenio: “De sólo 20 % la efectividad de diputados”. Como de costumbre, no se entiende bien lo que dice la nota, pero se entiende perfectamente bien lo que quiere decir: que los diputados son improductivos, que en el lenguaje de hoy significa que no valen, que son unos inútiles. En el cintillo: “Apenas han prosperado 363 de 1768 iniciativas en la 60 legislatura”. El texto comienza con un tono enérgico: los partidos “reprobaron en efectividad legislativa”. Absurdo. Absurdo para empezar que se imagine que hay un criterio de “efectividad” o “productividad” legislativa, y absurdo que la medida sea la proporción de iniciativas que son aprobadas en el pleno.
Cualquiera podría pensar que 363 iniciativas aprobadas son muchas: las habrá más y menos importantes, pero son más de trescientas. Y nadie dice, desde luego no está en la nota, que las demás fuesen importantes o urgentes, o que hubiesen tenido el apoyo de la mayoría, o que en algún sentido fuesen necesarias.

La nota sigue con otras tonterías: “De los 500 legisladores en San Lázaro apenas son 376 quienes han presentado alguna propuesta de cambio a la Constitución”. Si uno sigue leyendo, resulta que no se trata de que hayan propuesto cambios constitucionales, sino tan sólo que han presentado iniciativas de ley (376 cambios para una constitución de 136 artículos, sería realmente notable —y no). Comoquiera, ese “apenas” suena ridículo: ¿por qué habrían de presentar iniciativas todos y cada uno de los diputados? Después las apostillas, igualmente tontas, sobre la cantidad de iniciativas presentadas por cada grupo parlamentario; de donde resulta la obviedad de que los partidos mayores presentan más.
En resumen: nada. Quiero decir, nada como noticia ni como análisis: un par de obviedades alimentadas por la ignorancia, su dosis de confusión. Lo importante es que sirve para dar pábulo al antiparlamentarismo ambiente, usando para eso el lenguaje empresarial que está de moda. Es un indicio, un anuncio (¿para cuándo?). El resto de la prensa tiene un tono parecido, una parecida frivolidad.
[Hugo Garciamarín: No hay duda de que los diputados son improductivos, a diferencia de los científicos y las científicas, que destacan por su arduo trabajo. Durante la campaña presidencial de 2024 circularon varias notas fascinadas con un dato: Claudia Sheinbaum tenía más de cien artículos académicos registrados en Google Scholar. Nadie explicó de qué trataban esos trabajos, cuáles escribió sola o en coautoría, ni cuáles fueron sus aportaciones. Tampoco apareció la pregunta elemental sobre qué utilidad podría tener esa producción académica para el ejercicio del gobierno. El número era una credencial suficiente, fiel a una costumbre extendida en la academia contemporánea, donde la productividad se mide por la acumulación de artículos en revistas clasificadas en distintos cuartiles (Q1, Q2, Q3 y Q4).
Hoy Sheinbaum es presidenta y enfrenta problemas de escala nacional. Aunque no estoy seguro de que sean más problemas que el número de artículos que ha publicado.]
[2003] De Jonathan Lear. Cada acto, cada frase, cada gesto está portando un universo subjetivo de significados —que se entiendan o no, que se mezclen con significados compartidos o no. El menor giro de lenguaje, la manera de mover las manos, el tono de la voz, podrían estar diciendo miles de cosas distintas. Pero dicen algo concreto. Con un gesto, un atisbo, se pide ayuda, y con el mismo gesto se rechaza cualquier clase de ayuda; con media frase se dice un deseo, una necesidad, y también se cierra la posibilidad de satisfacerlo. De pronto, la simpleza de que “sólo el amor puede comprender” adquiere otro sentido. Ese universo subjetivo puede ser descifrado, pero hace falta para eso una conversación interminable: absolutamente atenta e interesada, absorta, cuidadosa, larga, continuada, literalmente interminable, abierta a un futuro ilimitado, para descifrar esos gestos. Eso es el análisis y, de modo similar, eso es el amor. La posibilidad de sostener una conversación interminable, donde cada gesto es inmediatamente comprendido, compartido.
[2021] Jean Giono, L’affaire Dominici. Un recuento perfecto de la administración de justicia. Es imposible verdaderamente saber si Gaston Dominici fue el asesino. O quién de su familia, si fue alguno. En el tribunal se cruzan dos mundos cuyos habitantes no pueden entenderse —ni siquiera comunicarse. En el vocabulario para empezar. Todo el proceso está lleno de malentendidos obvios, o que para uno resultan obvios, y que nadie quiere ver o nadie puede ver. El mundo cerrado, hostil, pétreo, de los pastores, con odios mitológicos, los odios dentro de la familia, contra todo y contra todos. Y el juez que trata de encontrar un resultado razonable, demostrable, seguro. Visto en frío, desinteresadamente, es asombroso cómo se van dejando de lado los casos sueltos, los hechos incómodos, las incongruencias, para llegar a una sentencia que les permita dormir tranquilos —al juez, a los fiscales, a los abogados, a la prensa.
La disección de Giono es brillante: fría, lejana, asombrada. Se limita a describir, a señalar lo que le sugiere el sentido común (el suyo). Y se queda con algo confuso, terrible, que no se entiende, y que desde luego no podría permitir que se condenase a nadie. Es un texto admirable para pensar el derecho en la práctica. Nada tranquilizador.
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).