
[2006] Según Bourdieu, el “capital simbólico” propio del “campo literario” se caracteriza por su relativa autonomía, porque no puede medirse ni por el éxito comercial ni por el reconocimiento institucional. Eso lo dijo en 1986, pero tengo la idea de que aun entonces estaba equivocado. Y sin embargo, es una equivocación interesante: supone que existe una elite completamente ajena al éxito comercial y el reconocimiento institucional, una elite a la que no le interesa ni el dinero ni los premios, y que sabe reconocer el “valor literario” —¡y tiene alguna clase de resonancia!
Vayamos por partes. Tal vez uno de los rasgos típicos del presente consiste en la desaparición de esa clase particular de “capital simbólico” que es el valor literario —en caso de que antes lo hubiese, seriamente hablando. Hoy no cuenta más que el éxito comercial, reforzado por el reconocimiento institucional: no hay escalas ni valores distintos, sino una única medida que por abreviar podemos llamar la “celebridad”. Un premio llama a otro premio, que empuja las ventas, con lo que se justifica el siguiente premio, el nombramiento honorífico, más ventas. Y nadie sabría decir si eso así de vendido, premiado, es realmente bueno; ni si llega a ser literatura.
Bourdieu descuenta eso, o mucho de eso. Lo carga a la cuenta de la publicidad, la corrupción de los premios y las academias, el negocio del entretenimiento. Y hasta ahí, más o menos de acuerdo. El problema está en la existencia de ese otro valor, el verdadero. Entre quienes podrían aspirar a formar parte de la elite que imagina Bourdieu, habrá a quienes les parezca literariamente valiosa la obra de Carlos Fuentes o de Luis García Montero, y habrá quienes la encuentren irrelevante, lamentable, habrá quienes piensen que Carlos Pujol es una de las cumbres de la literatura del fin de siglo, y muchos más que ni siquiera hayan oído hablar de él. O de John McGahern. Y lo mismo ha sucedido siempre, y ya no se trata sólo de las ventas ni del reconocimiento institucional.
Queda el juicio del tiempo, por supuesto. Pero es otra cosa —y también tiene sus olvidos.
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[1998] La figura del político está emparentada acaso más con el mago que con el héroe. No ofrece normalmente una imagen bélica, ni se espera ni hace falta —un político guerrero es una anomalía. Sus virtudes pueden ser, incluso deberían ser sobre todo intelectuales: de imaginación, prudencia, cálculo y respeto. En el político se puede apreciar la distancia, la discreción y la cortesía, la relativa oscuridad, sin que eso afecte a su prestigio.
En general, y como cosa factible, se le piden operaciones que alteran el orden normal de las cosas. Se le pide que produzca bienes concretos. Se espera que obre a la distancia, que pacifique, que imagine, que invente —se espera que cambie el mundo, porque cada pequeña esquina es el mundo. En las situaciones más complicadas, se espera de él una intervención fulminante, de una eficacia propiamente mágica.
La magia, en cualquier caso, sirve para suturar las heridas de la realidad. Donde las cosas no funcionan como deberían, o donde se quiere que funcionen de otra manera, aparece la voluntad del mago. Y por supuesto hay magos buenos y malos, buena y mala medicina. Algo muy parecido sucede con la política. Salvo en los ámbitos más reducidos, donde nada es un misterio, nadie piensa realmente en los medios por los que se consiguen la autopista, el aumento de salario, el subsidio para abono, el control de precios.
Con la expresión “voluntad política” se alude en México a una cualidad estrictamente mágica del poder político. En un sentido superficial, casi cínico, se refiere a la honestidad de la intención: hay voluntad política cuando alguien realmente se propone conseguir lo que ofrece. Pero también se trata de la eficacia: se trata de querer algo a como dé lugar, y se trata de conseguirlo a fuerza de querer, a fuerza de ponerle voluntad. Y en eso estriba su carácter mágico. Si algo no resulta, si resulta mal, las más de las veces se atribuye a la falta de voluntad política. No es creíble que un político quiera realmente algo y no lo consiga: la resistencia de la realidad no es argumento. O no era un político.
[David Peña-Alfaro. Interesante que Escalante introduzca desde el inicio la palabra “mágica”, y lo hace porque esa hechicería consiste en un truco de ilusión óptica: desde el poder, muchas veces se ignora por completo la complejidad del mundo real y se hacen a un lado los límites presupuestales —la moneda que desaparece para reaparecer súbitamente en la oreja—, los límites sociales —los anillos que parecen separados y de pronto se entrelazan— y, sobre todo, los límites legales —el periódico rasgado que se restaura sin explicación. ¿Acaso la realidad puede resistirse, o puede cruzar el pantano de inercias, intereses y estructuras sin mancharse? Si un político no logra ese acto de prestidigitación (que traía entre manos), entonces no era un político de verdad (como los de antes) y, para colmo, “faltó voluntad”.
Estos trucos, en el escenario o en el gobierno, no violan las leyes de la física: violan las expectativas del espectador. En la política mexicana no se transforman las condiciones materiales, sino la percepción de los ciudadanos. El político auténtico es aquel que domina el arte de la ilusión.]
[Jesús Bernal Loeza. Hay, además, una distinción entre los magos que hacen y muestran, y los que sólo muestran; porque eso también importa. Los que conocen su truco y lo venden bien, y los que, de manera ilusa, olvidan que hay trucos detrás. La política es, después de todo, el arte del uso del poder para transformar la realidad, la concreta y la construida. Los mejores magos son los que conocen los recursos que tienen y los utilizan para lograr cambios en la realidad concreta (aunque sean pequeños), pero los magnifican ante los espectadores. Deberíamos ser más curiosos sobre los trucos, pero con la advertencia de que pueden resultar deprimentes o aburridos.]
[Silvio Rascón: la hora Trump parece obligar a cambiar cualquier consideración, pero se me ocurre que tal vez lo que se despliega ante nuestros ojos no sea más que la hora de la expulsión de la política, de su anulación pragmática: la realización de la esperanza antipolítica –curioso cómo el tiempo del resentimiento, del despecho, coincide a ambas orillas del Bravo.]
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[1999] Un filo di fumo, de Andrea Camilleri, es una pequeña fábula triste, de humor amargo y distanciado: una fábula acerca del poder, por eso triste, por eso amarga y escéptica.
El relato transcurre en un solo día: desde que puede avistarse en el horizonte el hilo de humo del barco cuya llegada significaría la ruina de Barbabianca, hasta el naufragio. Es la historia del arribista inescrupuloso, violento, resentido, que se ha hecho poderoso a costa de todo lo que hiciera falta, a tuerto o a derecho; y la historia del odio de los demás, los antiguos señores, no menos feroces ni menos deshonestos, aliados para hundir a Barbabianca.
Es una breve jornada en la que todos festejan indisimuladamente la caída de su enemigo, en la que todos pueden exhibir su resentimiento. Luego viene el naufragio que de milagro salva a la familia Barbabianca.
Nadie hay bueno, ni siquiera honesto. Todo lo que se puede ver es una oscura trama de venganzas, de odio, violencia y fraude, bajo el cuidadoso ceremonial de una hipocresía abierta, sin disimulo. El ritual importa, pero no se trata de ocultar las enemistades: sólo de mostrar la deferencia debida al poderoso. No hay más que un poder desnudo de toda aspiración moral, incluso de cordialidad.
Los personajes pueden resultar divertidos, las escenas pueden ser risibles. Pero sólo desde el fondo de un escepticismo sin remedio, sólo porque se ha renunciado a cualquier forma de nobleza, de modo que se puede contemplar el juego perverso del poder sin indignación ni esperanza.
El orden social que describe Camilleri es un mecanismo frío, implacable; los personajes son todos igualmente mezquinos, humanos, irresponsables. Es Sicilia, por ejemplo.
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Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.