De mis cuadernos, 7

[2022] Leo La mémoire et le sacré, de Pierre Chaunu. El lenguaje es el primero de los artificios que imaginamos para sobreponernos a la muerte. El lenguaje es el primer recurso mediante el que se construye una continuidad más allá de la ruptura que significa el fin de la vida individual —y tiende un puente. El lenguaje como forma de trascendencia. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo, tener presente que de eso se trata, que para eso estas notas, para eso todos los libros, para eso en primer lugar las pinturas rupestres.

“El hombre es un pasado que vive en el presente y se proyecta hacia el porvenir. […] El hombre se construye en torno a una memoria […]. El hombre es la conciencia de una duración”.

Somos todo eso que fue antes de nosotros, y la conciencia de que también pasaremos. La memoria como expresión de la trascendencia posible. Eso que, mediante el lenguaje, va más allá de la vida individual, y en ese sentido se sobrepone a la muerte, eso que nos queda como memoria, eso es lo que nos hace humanos. La memoria (el lenguaje) como afirmación contra la muerte —nexo, continuidad y trascendencia.

[Hugo Garciamarín: Llega esta reflexión mientras releo a Heidegger y no puedo dejar de advertir cómo resuena, de manera plena, con la pregunta por el ser. El Dasein, en Heidegger, es precisamente aquel ente que cae en la cuenta de su propia existencia: una existencia finita, expuesta, que nunca controla del todo. Vive proyectándose hacia el futuro, marcado por su pasado, habitando un presente. Una idea muy sintetizada en la cita que comparte Fernando Escalante en esta nota: “El hombre es un pasado que vive en el presente y se proyecta hacia el porvenir. […] El hombre se construye en torno a una memoria […]. El hombre es la conciencia de una duración”.

Sin embargo, la proyección hacia el futuro no acontece en el vacío, sino en un mundo que no se elige, incluso se nace ya dentro de un lenguaje, de una historia, de un cuerpo y de un entramado de relaciones que nos anteceden. Frente a esta condición, y para hacer habitable la angustia que de ella se desprende, Heidegger —en un razonamiento donde resuena con fuerza Kierkegaard— concluye que es necesario “ocuparse”. ¿Pero ocuparse en qué?]

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[1998] Según Carducci, el ideal caballeresco fue en un principio un recurso de los hombres de iglesia para “civilizar” a los guerreros feudales: una forma de protección estamental. De ahí que el servicio a la religión fuese el primer deber del caballero. Sin embargo, con el paso del siglo XI al siglo XII, la fidelidad propiamente religiosa fue desplazada por el deber de defender a los débiles: un deber que tenía su expresión más perfecta en la obligación de defender a las doncellas en peligro.

Según esto, pues, habría una segunda caballería, partidaria de los débiles, un ideal para el que la defensa desinteresada del derecho de los débiles sea la nota más elevada del heroísmo caballeresco. Eso, junto con la obligación de la liberalidad crea un tipo humano particular: un ideal de muy larga vida. Así le llegó a don Alonso Quijano —y así nos ha llegado a nosotros.

Igual de interesante, su interpretación del fenómeno de Savonarola. Su idea es que el culto a Savonarola, esa explosión festiva, doliente, apocalíptica, era indicio de una situación social que pudo haber producido una “reforma italiana”: que reunía el ánimo de reformar a la Iglesia con el resentimiento, el odio del lujo, la antigua tradición popular y republicana, y un ánimo nacional (por eso, anti-romano).

Es decir, Savonarola era la reforma posible: cristiana, ascética, republicana, popular e italiana. Pero por esa misma razón encontró la oposición de la Iglesia y la aristocracia. Siempre habrá motivos para pensar: ¿qué había en la violencia profética de Savonarola? ¿Qué del Pueblo, de la tradición republicana?

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[2022] Todos los que tenemos más de cuarenta o cincuenta años hemos vivido la experiencia Rip van Winkle. Nos despertamos de pronto en un mundo que ya no podemos reconocer. Y un mundo habitado por extraños.

El otro, el extraño, el que es realmente diferente, con quien por ese motivo nos cuesta trabajo entendernos, el Otro es el que ha nacido y se ha educado, y vive en otro mundo distinto del nuestro: en otra sociedad, acostumbrada a mirar las cosas de otra manera, a nombrarlas, a usarlas, a apreciarlas de otra manera. Y bien, lo que sucede ahora es que, para nosotros, ese otro es el niño, el joven que ha nacido en un mundo material enteramente distinto al nuestro —un mundo en que las cosas funcionan de un modo que en nuestra infancia era inimaginable. El mundo en que viven los niños es el futuro o, con más exactitud, vive el mundo que era el futuro hasta hace relativamente poco, y con perfecta naturalidad.

Nuestra extrañeza proviene de ese hecho: súbitamente somos el pasado. Y se ha cancelado de golpe cualquier esperanza que pudiéramos haber tenido —porque ya se cumplió o ya es imposible que se cumpla, o quedó tan desfasada que no tiene sentido. Ya están el teléfono celular, la Inteligencia Artificial, el hambre planetaria, la gran sequía. No podemos ya imaginar el futuro, otro futuro. Y por supuesto, hay para preguntarse cómo se puede educar en esas condiciones: en realidad, exagerando un poco, son ellos los que nos educan en algo que no saben, para un futuro que no entienden.

Escribe Paolo Febbraro: “Somos los muertos del futuro. Pero por primera vez en la vida del planeta, no es seguro que los hombres del futuro puedan ver en nosotros un ejemplo”. Aquello que para nosotros valía la pena ya no tiene sentido.

El futuro que pudimos imaginar es un arcaísmo. La tragedia es que sigue vigente como idea. No podemos empeñarnos en conservar aquel futuro, el de antes del cambio climático, de antes de la globalización, y sin embargo, es lo que hacen los nuevos movimientos políticos que consiguen el voto de los mayores, también el de los más jóvenes, a los que se les ofrece el futuro que se había imaginado para ellos.

[Juan Espíndola: Y están también los otros mercaderes de futuros imposibles: no los que venden futuros arcaicos, sino los que ofrecen futuros inverosímiles. La inteligencia artificial, dicen, vendrá a resolver todos los problemas del mundo: el cambio climático, las hambrunas, las enfermedades hasta ahora incurables, las pandemias, la soledad, la explotación laboral, la deshumanización de la guerra. Por eso tenemos que entusiasmarnos y apoyar su desarrollo sin reservas. Desde luego, las grandes innovaciones también causan estragos, pero son pasajeros e inevitables: la ganancia neta es para la humanidad. Es la trama de una estafa. Parece que estamos atrapados entre esos dos marchantes de futuros: los que rematan frutas magulladas y los que ofrecen frutas milagrosas. En el empaque en el que se le venda, el futurismo es pura ilusión.]

Fernando Escalante Gonzalbo

Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.

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Publicado en: De mis cuadernos