[2020] El titular dice: “La mafia se prepara para expandirse con la pobreza que deja la pandemia”. Sí y no. En el fondo está la idea de que la mafia son los pobres —y también que los pobres están siempre en riesgo de convertirse en mafiosos. Una forma de autoengaño como otra cualquiera.
La mafia aprovecha la pobreza y la riqueza por igual, los años de crisis y los años de expansión. El auge de la construcción o los programas sociales. El proteccionismo y el libre comercio, el clientelismo y el voto libre. La mafia es esta sociedad, cualquiera. Y los procesos que afectan al conjunto afectan a “la mafia”.
Es interesante pensar qué espacios quedarán abiertos para mercado negro mientras dure esto, qué espacios para la extorsión, para vínculos de nueva reciprocidad. Si desaparece el crédito formal en los bancos, por ejemplo, alguien llenará ese hueco, y ofrecerá créditos. Si desaparece el empleo, igual. O el reciclaje de residuos.

Los gobiernos tienen una capacidad limitada para intervenir en ciertos tramos el funcionamiento de la economía formal. Y aun eso, sin poder saber bien a bien con qué consecuencias. Pero eso que hacen, poco o mucho, mejor o peor pensado, o sin pensar, tiene un impacto mucho mayor en actividades prácticas, formas de organización que ni remotamente se pueden controlar.
Puesto en los términos más simples, los políticos pueden cerrar ciertas fuentes de empleo, pueden entorpecer el crédito bancario, amenazar algunos negocios. Pero no pueden controlar de ninguna manera lo que la gente hará después. Se llama “mafia”, por ejemplo.
[2021] Los modelos originales de la autoayuda son los manuales de imitación de Cristo y similares. En la forma en que los conocemos en el siglo XX son un (mediocre) sustituto de aquéllos: dirigidos a un público secularizado, pero que necesita una guía para saber lo que es bueno y lo que es malo (para hacer amigos, para tener trabajo, cuidar la salud, educar a los hijos, para triunfar). Son, ya desde el siglo XIX, obras morales disfrazadas de ciencia: los lectores esperan que la ciencia descubra lo correcto y lo incorrecto, espera que la Naturaleza sirva de guía, de modo que la ciencia pueda sustituir a la Religión en la vida cotidiana.
El mecanismo se mantiene pero con algunas modificaciones. El público lector se ha ampliado enormemente, sobre todo el público lector de esa clase de literatura, y es ya de todas las clases. Y espera sobre todo sentirse bien: no quiere una lección de moral que le exija casi nada, sino un auxilio de entusiasmo, un modo de sugestión para acostumbrarse a tolerar lo intolerable. Y además espera un poquito de religiosidad, poquito y disfrazado, eso que no está en la Naturaleza sino más allá, eso que la ciencia no descubre del todo, porque asoma el espíritu. Hablando mal y pronto, no es una pequeña elevación de la ciencia, sino una forma degradada de la religiosidad, que quiere únicamente el consuelo, y se consuela con facilidad: ni sacrificios ni una explicación del mundo ni una idea de la vida buena. Tan sólo un instante de satisfacción íntima —y alguna receta. Los títulos mismos son cada vez más reveladores.
[Gabriel García Jolly. No deja de antojarse curiosa la popularidad de la que gozan actualmente Marco Aurelio o, en menor medida, Epicteto, ya no digamos Séneca. Pues no se trata meramente de las versiones modernizadas, secularizadas y diluidas (cuando no vaciadas de toda sustancia) de la Imitatio Christi, sino de la religión enteramente racional de los estoicos (tal como la describe Paul Veyne), que prolifera en la tuitosfera (o como se llame) y está en boca de todo tech bro que madruga, medita, “entrena”, limita sus horas de pantalla, lee los Soliloquios 15 minutos al día, se alimenta a base de proteínas, dice no masturbarse y se ducha con agua fría…
Algo nos ha de decir respecto del completo fracaso de las Iglesias (en el caso de la romana, tanto en su versión arcaica y asfixiante del preconcilio como en su versión contemporizante y descafeinada del posconcilio) a la hora de moldear las conciencias de las sociedades occidentales durante décadas pasadas: las grandes preguntas siguen ahí, mas exentas de un vocabulario y un marco adecuados para plantearlas siquiera (menos aún, con intentos serios y más o menos coherentes de respuesta), y los instintos religiosos se desvían hacia la espiritualidad pop, ya sea como New Age, la autoayuda pseudofilosófica o psicologizante, la ética del (post)capitalismo tardío (o tecno/neofeudalismo) que resuena más con el estoicismo virtual que con Max Weber, o bien, con un coctel de todas las anteriores (si bien, cada vez más, sobre todo entre los centennials, la religión ortodoxa y más hardcore cobra nuevos bríos).
O, tal vez, de la misma manera en que la filosofía antigua clásica (centrada en la política) dio paso a las escuelas helenísticas (cuyo énfasis estaba en la ética y la teología, es decir, en las preguntas por la salvación terrena y ultraterrena de los individuos), dadas las conmociones geopolíticas y la transición de la polis al imperio (donde la influencia del ciudadano de a pie se tornó irrelevante e impotente), explique el renacer de manuales y enquiridiones que provean una mínima hoja de ruta en un panorama de enorme incertidumbre, pocos valores compartidos y nulos puntos de referencia confiables.]
[2003] De Antonio Azuela. Todavía nos duele la nostalgia de la casa solariega que, sin embargo, nunca tuvimos. No sólo la solidez, la seguridad, sino esa apretada trama de relaciones en la que adquiere sentido cualquier esfuerzo, cualquier trabajo, como parte de algo que nos trasciende. Donde no es uno mismo el que debe procurarse, a cada paso, un sentido.
La nostalgia de un imaginario mundo de normas sólidas y recompensas claras. No hay nada de eso. Seguramente no lo hubo nunca. Pero queda el dolor de que no exista. Que tengamos sólo fragmentos, cosas incoherentes, inertes, sentimientos sin destino, valores sin referente indudable: finalmente, a nadie le importa esto que hacemos.
No hay un centro del mundo, no va a haberlo. No hay un lugar de reposo ni hay una matriz de sentido a la que acogerse. La nostalgia no lo hace a uno conservador, porque no hay en realidad nada que conservar. Pero sí añade un peso a todo: cualquier intento estará lastrado por la inutilidad.
[2022] Christopher Bollas: “The ‘millennials’ were born into a world of significantly abbreviated forms of communication, privileging tweets over letters for example. It is a culture generally uninterested in examination of the internal world, enthralled instead with the technologies of apps and social networking. They are unlikely to have much awareness of what had been lost to Western consciousness in the decades before their birth”.
Parece una obviedad, pero no estoy de acuerdo: ¡cuánto interesaría la tecnología del manuscrito miniado a un monje del siglo VI! ¡O la del libro a cualquiera hasta anteayer! Ese mundo interior también se examina o sobre todo se examina con la tecnología. Y los “millennials”, por cierto, también descubren el libro, y se emocionan con Middlemarch.
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).