
[Febrero, 2023] Nunca me han simpatizado los promotores del nuevo ateísmo: Hitchens, Dawkins, Dennett, Harris. Lo suyo me parece básicamente publicidad, y publicidad hecha a base de materiales muy baratos. En general me incomoda el proselitismo: esforzarse por conseguir que los demás piensen como uno, que adopten las mismas convicciones, me resulta antipático —y según el caso, ridículo. En este caso.
Si se miran con seriedad, sus argumentos son bastante estrafalarios: no se refieren ni remotamente a la religión ni mucho menos a Dios. Se empeñan en desacreditar la imagen infantil que se han hecho de Dios, un dios de caricatura, de sermón malo, y salen victoriosos siempre de su escaramuza, como es natural. Da la impresión de que no quieren en realidad convencer a nadie, sino dejar en ridículo a los creyentes —y ofenderlos cuando se pueda.
Leo los textos de Mark Twain (¡de hace cien años!) y me encuentro básicamente con los mismos argumentos, salvo que los nuevos ateos no tienen gracia ni saben escribir. Se me ocurre que hoy Mark Twain se burlaría de ellos —y no de la religión.
Me los tomo en serio, hasta donde se puede. Su argumento central es que la religión corresponde a un estadio infantil de la conciencia, que necesita consuelo, porque encuentra insoportable un mundo que no entiende, y por eso imagina a Dios, inventa a Dios. Para que de algún modo lo ampare. No es un argumento original, tampoco muy sólido. Dicen que en la religión la gente busca consuelo, algún alivio aunque sea imaginario de los males del mundo, o al menos la esperanza de que su sufrimiento será recompensado. Frente a esa necesidad infantil de consuelo ellos, los nuevos ateos, son valientes, se atreven a decir que no hay nada, y soportan ese destino sin llorar ni lamentarse.
Bien. La valentía, si eso es valentía, me da igual. Pero no creo que sea correcto imaginar que la gente necesita la religión sobre todo como consuelo. Tengo la idea de que así puede pensar una parte de la sociedad occidental, pero nada más. La idea de la religión como forma de alivio, amparo, calor, es propiamente moderna, y secular: la religiosidad como la ha vivido y la vive la inmensa mayoría de la humanidad es otra cosa.
Imagino que todos ellos, Dennett y Dawkins y Harris, se han encontrado con muchos “gringos sociológicos”, llamémoslos así, que quieren la religión como consuelo, fundada en su “Back-pocket God”. Pero es un error, empíricamente demostrable, suponer que ése sea el impulso religioso fundamental –ni hoy ni nunca. Me viene a la memoria el “Señor mío Jesucristo”, incluso la Oración Scout, y pienso que no son las oraciones de alguien que busca consuelo (mucho menos el Kempis, pero ése es otro nivel).
Lo otro, las críticas de los usos políticos de la religión, son todavía más endebles, sectarias. Son las de Mark Twain sin la gracia de Mark Twain, en un mundo que es muy distinto. Se refieren en sus textos a ciertas interpretaciones ingenuas, literales, muy políticas, de la escritura, derivaciones evangélicas, un producto muy moderno y muy gringo, del que ya entonces se burlaba con razón Twain, pero que no representan la religiosidad de nadie más. Y que cuando se refieren al Islam militante resultan insignificantes.
Se fabrican un dios imbécil, mezquino, vengativo, patéticamente humano, en el que la gente cree por motivos pueriles, y después se burlan de todo eso. Y no hay mucho más. Publicidad.
[Silvio Rascón: Me temo que tal y como está la parroquia, el respeto a los creyentes y sus creencias resulta tan irritante o más que las críticas ready-made del mundo anglosajón…]
[David Olguín: Quiero solamente, querido Fernando, rescatar a Mark Twain de la runfla que piensa el sentimiento religioso como risible y pueril resultado de la búsqueda de consuelo. Ya lo haces tú en tu escrito, pero añado algo más, pues el humor como manifestación suprema de la inteligencia o, al menos, como antídoto contra nuestras megalomanías y absolutismos, se le dio aun en sus peores días a esa especie de Cervantes sajón.
Ciertamente el primer Twain encuentra suficientes argumentos para escarmentar mediante la risa a los creyentes de esa especie “back-pocket God” y sostiene su ateísmo en una amable glorificación del sentido común. Pero a todos nos llega nuestro San Martín. En The Misterious Stranger encontramos a un Mark Twain que ya escribe desde el sufrimiento, desde el dolor de la pérdida de sus seres queridos, desde la fragilidad de todo lo que implica ser humano. Su ateísmo da lugar a una especie de agnosticismo dolorosamente resignado, muy griego y hasta, acaso, con tintes demasiado cristológicos. De tanto pensar al Diablo, da la impresión de creer un poco en Dios o, al menos, le reclama su ausencia al haber dejado que el Universo no tuviera la perfección que su infinita Providencia nos prometió. Hay algo trágicamente absurdo en su pensamiento, algo muy doloroso, algo que hace pensar en la aparición del sentimiento religioso ante el sufrimiento, “el megáfono de Dios ante un mundo indiferente”, dice C.S. Lewis. Y todo esto, en Twain, sin perder el humor que siempre caracterizó a esa escritura.]
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“La conversación diaria de una anciana con su canario, mientras le limpia la jaula, es tal vez el único debate serio de los tiempos modernos…”
Juan José Saer (La pesquisa)
[Silvio Rascón: Y “Un coeur simple”, la cumbre del materialismo.]
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[2022] En el siglo XXI Dios vuelve a mirar, y de nuevo en el centro está el sufrimiento. Pero es una mirada profundamente mundana, mucho más de lo que fue la de los dioses fallidos del siglo pasado, una mirada que se preocupa sobre todo por el sufrimiento en este mundo. Es decir, se mantiene la estructura mesiánica secularizada, pero se instrumentaliza la religión para que cumpla con una función compensatoria, justiciera —y con eso deja casi de ser religión.
Por un lado está la religiosidad individual, oportunista, aconfesional, de las nuevas generaciones de los países centrales (con su “dios de bolsillo”). Por otro, la interminable ronda de los carromatos de la Teología de la Prosperidad con su carga de mercadería colorida, ruidosa, averiada. Y finalmente, el Islam militante, que se alimenta de sacrificios intensamente políticos, útiles de hoy para mañana. El “nuevo ateísmo” se imagina luchar contra la religión cuando se enfrenta con esto otro, sobre todo en sus versiones más infantiles —esto otro que no llegamos a entender del todo, que llamamos religión a falta de otra palabra, y que acaso son los flecos de la definitiva “salida de la religión” que decía Marcel Gauchet: ¡y cuánto hay que pensar en eso!
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.