No era la vida eterna

[2022] En el análisis de nuestro sistema de procuración de justicia hay que anotar como dato básico el empleo masivo de la prisión preventiva —sin derecho a fianza. En un principio fue seguramente un recurso para suplir deficiencias: falta de recursos económicos, técnicos, profesionales, administrativos, para investigar y procesar los casos. La fundada sospecha tenía que bastar de entrada, porque no había manera de hacer otra cosa dentro de los plazos legales. Con el tiempo, por supuesto, ha hecho que fuese mucho más sencillo seguir ahorrando en todo eso, porque no hace falta. La prisión preventiva se convierte en la norma que obstruye la profesionalización: no sólo la hace innecesaria, sino estorbosa.

 Y más: se convierte en un recurso de poder político de eficacia incalculable. Nadie está a salvo. El ministerio público hace las veces de juez, mucho más rápido, con dispensa de trámites, y la prisión se impone sin necesidad de proceso y sin que haya un plazo siquiera para presentar la acusación formal ni que haya sentencia, desde luego. No es, contra lo que se dice, no es la concentración del poder, que sólo sería real bajo la forma Estado, sino una de las manifestaciones más salvajes de dispersión.


Gonzalo Tassier

 

[2020] Es un lugar común la idea de que la religión ofrece consuelo, incluso que se ha imaginado precisamente como consuelo para los sufrimientos de esta vida. La formulación más agresiva, la más popular en todo caso, la de Marx: el opio del pueblo. Por eso se supone que la religión es para tristes, para pobres, para dolientes, los humillados y ofendidos, para una mentalidad infantil —porque es un consuelo mentiroso.

 No estoy seguro. Cuando se dice, se escribe eso, se piensa sobre todo en la religión cristiana, pero para empezar no me queda claro que todas las religiones sean precisamente consoladoras. Ni que estén pensadas para eso. Pero además, la religión puede explicar, exaltar, exigir, orientar, y no necesariamente consuela y no de todo, y de pocos santos se podrá decir que la buscaron por eso. La imagen consoladora de la fe es la de una religión contractual en la que Dios ofrece felicidad futura a cambio de sufrimiento presente. No sé si es la experiencia religiosa fundamental.

 Me viene la idea de que la importancia de la religión, su atractivo, no depende de que exista la vida eterna. Ni siquiera que se crea en ella.

Los modernos suponen siempre que la religión corresponde a una condición inferior: es propia de incultos, ignorantes, pobres, dolientes, víctimas, cobardes. Así desde Voltaire a Feuerbach, Marx, a Nietzsche o Christopher Hitchens. Y por eso mismo hay en el sentido común de las clases cultas la idea de la superioridad moral (moral e intelectual) del ateísmo. Corrijo: la idea supersticiosa e infantil de la superioridad intelectual del ateísmo. Valdría la pena reconstruir la historia cultural del ateísmo sin las anteojeras de la Modernidad. Acaso veríamos mejor.

[Hugo Garciamarín. De manera fortuita hace poco llegó a mis manos La filosofía del vino de Béla Hamvas. Ahí señala que los ateos son pobres de espíritu, aunque no irreligiosos, e incluso articulan su religión en una tríada: si el alma no existe y la existencia se limita al ahora, la muerte constituye una aniquilación. A partir de ello, describe al ateísmo como una forma de religiosidad que exalta al individuo y su materialidad. Sin la dimensión espiritual, sostiene, no se logra enlazar la existencia humana con el resto de lo existente.

 No termino por saber si Hamvas me convence. Pero me resulta sugerente que su énfasis recaiga en el espíritu, o mejor dicho, en la espiritualidad: el “soplo de vida”, aquello que impulsa a moverse y a encontrar sentido en la existencia; el vínculo del individuo con la comunidad y con el todo. Quizás Karl Marx rechazaba la religión como opio del pueblo, pero, como buen seguidor de Hegel, no al espíritu. Al final, sentó las bases para una idea de la historia en la que el movimiento, tanto individual como de las masas, tras superar diversas etapas, alcanzaría la instauración de algo nuevo, totalizador y mejor: “la verdadera Historia del hombre”. De ahí que muchos comunistas dogmáticos y simuladores repitieran hasta el cansancio que, pese a todo, “el porvenir es nuestro”.

En fin, quizás desvarío. Hamvas también sostiene que los ateos, en el fondo, envidian a los creyentes por su capacidad para asentarse en un sentido. A la vez, temen que tengan razón, que exista una totalidad con la cual encontrarse y que la cólera divina los alcance. Quizás por eso Voltaire, al final de sus días, escribió la siguiente profesión de fe que recoge la Correspondance Littéraire, Philosophique et Critique (Isaías Díez del Río, La religión en Voltaire”, Anuario Jurídico y Económico Escurialense 44, 2011, p. 529).

Yo, el que suscribe, declaro que habiendo padecido un vómito de sangre hace cuatro días, a la edad de ochenta y cuatro años y no habiendo podido ir a la iglesia, el párroco de San Sulpicio ha querido añadir a sus buenas obras la de enviarme a M. Gautier, sacerdote. Yo me he confesado con él y, si Dios dispone de mí, muero en la santa religión católica en la que he nacido esperando de la misericordia divina que se dignará perdonar todas mis faltas, y que si he escandalizado a la Iglesia, pido perdón a Dios y a ella.

Firmado: Voltaire, el 2 de marzo de 1778 en la casa del marqués de Villete, en presencia del señor abate Mignot, mi sobrino y del señor marqués de Villevielle. Mi amigo.]


[Febrero, 2023] Al momento expansivo del régimen de la transición corresponde el ánimo del “optimismo democrático”. Son los años de entusiasmo por la Sociedad Civil, la ciudadanía, el voto, cuando se espera que el cambio en las leyes baste para cambiarlo todo, puesto que el cambio de leyes, de las leyes electorales concretamente, significaba acabar con el arreglo autoritario y corrupto del PRI. Se pensaba eso, se dijo eso. Va más o menos de 1988 a 2006. Son años de esperanza, de creación de instituciones, de imaginación burocrática desbordada, los más claramente neoliberales en el espíritu (de un neoliberalismo que no decía su nombre, pero resultaba sin duda prometedor). En ese tiempo era inaceptable lo que resultaba de Ciudadanos imaginarios o de La ciudad, la propiedad privada y el derecho. Iban contra el espíritu del tiempo en lo que tenía de más esperanzador.

 Al momento recesivo del régimen corresponde lo que he querido llamar el “pesimismo oligárquico”. Es claro que las instituciones del nuevo régimen no bastaron para producir los cambios que se prometían sus patrocinadores (y casi da lo mismo que el proyecto fuese ingenuo de raíz). Pero se rehusaron todos o casi todos a pensar que el problema estuviese en las expectativas. Las instituciones estaban bien, el proyecto era el correcto, la transición era la dirección adecuada, el futuro era posible: el problema estaba en la gente. El problema eran los mexicanos. El problema era la incultura, la incivilidad, la corrupción: la sociedad mexicana (casi se les podía oír: ¡Pero qué corruptos somos todos ustedes!). Ejemplares, por supuesto, una serie de libros de esos años con los que la discusión se desplaza al terreno moral e incluso psicoanalítico, ontológico. Otra vez, lo que no se puede ver es la configuración concreta. Los defectos resultan ser una rareza, una tara moral típicamente mexicana —que no tiene nada que ver con lo que sucede “allá”.

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

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Publicado en: De mis cuadernos