De mis cuadernos, 1

Aclaración

En este espacio lo que habrá serán notas de mis cuadernos de los últimos quince o veinte años. Son sólo eso: notas, tomadas más o menos al azar, sin ningún propósito concreto —sin pensar en publicarlas, por cierto. No pretendo que tengan ninguna autoridad en absoluto. Ni son resultado de investigación ni aspiran a asentar nada concluyente. Son mis reacciones más inmediatas e impensadas, y además han sido escritas a lo largo de casi veinte años, incluso más, de modo que es muy probable que haya cambiado de opinión y más de una vez sobre cualquier tema.

Las anotaciones serán más o menos extensas según lo hayan sido en mis cuadernos, a veces de tres o cuatro líneas, a veces de varias páginas, y eso no significa nada (supongo al lector suficiente inteligencia para aprovechar dos renglones tanto como veinte páginas, es cosa suya). Por otra parte, no tengo intención de ponerles ningún orden, ni cronológico ni temático ni ningún otro, de modo que puede aparecer una nota de política después de una de literatura, de historia, una de hace meses, otra de hace veinte años, porque estoy en la idea de que eso puede permitir que cada una de ellas sea interesante por su cuenta. Y en todo caso, porque me gusta el desorden. Como es lógico, con mucha frecuencia se tratará de México, pero rara vez si acaso habrá algo sobre lo que se llama la “actualidad” —aunque no descarto que sea rigurosamente actual un episodio del siglo XV o una novela india de hace sesenta años.

Algo sí me parece importante aclarar. Muchas veces, incluso la mayoría de las veces mis anotaciones son parte de una conversación. Por eso con frecuencia irá antes o después de mi comentario otro más, de alguien más, y sólo así se entenderá el sentido de la nota (no sabría decirlo de otro modo: mis cuadernos no son otra cosa sino un registro de mis conversaciones). Casi ninguno de los textos tendrá una fecha concreta por la sencilla razón de que no tengo la costumbre de fechar lo que escribo, y normalmente uso varios cuadernos a la vez; en alguna ocasión podré fijar el mes, el año o el espectro de años de un texto gracias a alguna referencia, pero nada más. Eso sí, cuando añada algo en el momento de publicar, sea para corregir, ampliar, completar o contradecir lo que escribí tiempo atrás, en ese caso sí procuraré poner la fecha concreta, para no hacer trampa.

Todo lo anterior quiere decir que me dirijo básicamente a un lector desocupado y también, al menos a ratos, despreocupado.

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“Los dioses no han muerto: lo que murió fue nuestro modo de verlos. No se han ido: dejamos de verlos. O cerramos los ojos, o entre ellos y nosotros alguna niebla se entremetió. Subsisten, viven como vivieron, con la misma divinidad y la misma calma”.

Ricardo Reis

De mis cuadernos, 1

[2023] En la crítica de nuestro Antiguo Régimen (y del antiguo Antiguo Régimen), e incluso del presente, hay siempre una referencia espacial implícita: “allá”. La idea es que “allá” no suceden estas cosas, lo que sea que nos resulta desagradable. “Allá” es por lo general Estados Unidos, también Europa o algún país concreto en Europa. Se supone que “allá” las cosas funcionan bien porque no hay la turbiedad de la política que nos lo ensucia todo y nos llena las calles de vendedores ambulantes y gente que come esquites.

La fantasía de la excepcionalidad corrupta de México viene de ahí. Tiene una historia muy larga (algo que traté de contar en Ciudadanos imaginarios) y un presente promisorio: recuerdo a un profesor universitario que había pasado una temporada en Los Ángeles y decía, convencido, que “allá” la gente no tiraba basura en la calle ni faltaba a las reglas de tránsito; no dudo de que viera eso, sólo que no estuvo en Los Ángeles, sino “allá”. Bien: si vamos a entender algo, es indispensable borrar todo rastro de exotismo —lo de aquí es muy parecido a lo de allá. Para caer en la cuenta bastaría una referencia constante a lo que realmente sucede allá. Por cierto: son especialmente útiles para eso los críticos Neo-liberales, que denuncian con ejemplos muy elocuentes los excesos del Estado, el compadreo de los empresarios consentidos, la inmoralidad del Estado de Bienestar, los abusos de los funcionarios —que son idénticos a los que podemos documentar aquí. También sirve la cháchara de la antipolítica, que es idéntica a la nuestra.

[Silvio Rascón: Allá es el sueño y la ambición, la promesa, el espejismo. Y como toda pasión, también contiene el desengaño. Todos, o casi todos, dicen que la nuestra fue París…, Francia, a mí me parece un abuso: como capital del XIX, todo el mundo soñaba con la Ciudad Luz, no sólo acá. Y en cuanto al allá ubicuo, pos nomás nos faltó voluntad de ver, con los ojos bien abiertos. Y alfabetización histórica.]

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[2021] En la universidad actual todo contribuye a mantener a los estudiantes en una especie de infancia artificial, permanente. La premisa básica es que no son adultos, y se supone que no se puede esperar de ellos nada serio como pensamiento: están para aprender. Por eso se les perdona que no hayan leído, se les perdona que sean torpes, improvisados, superficiales e incultos: no pueden evitarlo. Y ellos, o muchos de ellos están felices de seguir en su infancia, en esa perfecta irresponsabilidad que les permite no esforzarse en nada, estar en otra cosa. No hay para sorprenderse: los maestros se empeñan en mantenerlos en esa condición, como “estudiantes” —como si fuese el único recurso para seguir siendo ellos maestros (acaso sí: porque es el único recurso para que puedan seguir siendo “maestros”). El resultado es que todo el trabajo en la universidad es el de un arenero de jardín de niños: nada es serio. No se puede esperar el desarrollo de una idea original. A lo más que se puede aspirar es a que los estudiantes aprendan, si acaso, lo que el maestro ya sabía de antemano. Nada más. De modo que la sesión de clase no puede ser un ejercicio intelectual serio, adulto, original, porque nadie imagina siquiera que eso sea posible.

[Silvio Rascón: Lo primero que me viene a la cabeza es el juicio de KK sobre Adolf: No se me ocurre nada. Después recuerdo la crítica de Cosío Villegas al rumbo del Colegio: hacía falta más vida de café.]

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[2023?] Me intrigan los alumnos, me desconciertan. No puedo saber qué esperan, qué encuentran en la universidad. Mi experiencia es limitada, y desde luego no representativa de la generalidad, pero sí de lo más anticuado, escogido, exigente y conservador de los universitarios mexicanos – por lo que supongo que en lo que me importa el resto, si no parecido, será peor. Insisto: no los entiendo. Sonará a lamento por la decadencia, pero es que creo que hay esa decadencia.

Por ejemplo, ese estudiante que con toda naturalidad abre una bolsa de Cheetos a media clase, y ofrece a sus compañeros ¡y al profesor! O ese que entra directamente con un plato de chilaquiles, y se pone a comer tan tranquilamente como en la cafetería. Se dirá, y es verdad, que eso sólo significa que entienden la clase como una forma de entretenimiento (aunque no sea entretenida), y se comportan igual que en el cine o en el estadio de futbol (admitido: con menos estridencia que en el estadio de futbol). El problema es ése. El problema es que uno no puede tomar apuntes y comer Cheetos al mismo tiempo, ni prestar atención a la vez a los chilaquiles y al profesor. El problema es que una sesión de clase no puede ser ni de lejos algo parecido al entretenimiento.

Pero creo que esa confusión expresa algo más profundo —no es sólo superficialidad, dejadez. Lo que yo he sentido cuando me ha tocado contemplar algo de eso ha sido que se trataba de una profanación. Y sé que la palabra parece desproporcionada para el caso. No para mí. Yo he sentido que aquello era una profanación, porque siempre he creído que en el salón de clases debe haber algo religioso: no sólo ritual, aunque el ritual importa mucho, sino la apertura hacia una forma particular de trascendencia. La clase es siempre un intento de ir más allá, hacia lo que no se puede decir.

Puesto en términos muy sencillos, ese tipo de conductas dice que el salón de clase no inspira respeto. Puede ser según el caso un sitio cómodo, amable, un sitio agradable, o puede ser oscuro y maloliente, pero no inspira respeto. Y sin eso no hay clase posible. La sesión de clase, si va en serio, exige una actitud de reverencia por parte de todos: todos – empezando por el profesor. Los pequeños detalles del ritual importan: traje y corbata (distancia, diferencia), puntualidad absoluta, trato de usted, atención al tiempo. Todo eso dice directamente que el asunto es serio. No es lo único que importa, está claro, pero es indispensable, porque sin eso es muy difícil generar el espacio de respeto que pide una clase. Un profesor que llega en mangas de camisa, en camiseta, y llega tarde y permite que los alumnos lleguen tarde, y los trata de tú, no puede aspirar a otra cosa que dirigir una charla más o menos entretenida.

Es decir, que en esto la responsabilidad fundamental es del profesor (y de la institución que permite o no, favorece o no, ese ambiente).

Es sólo una derivación, muy lógica por otra parte, de la tendencia democrática, populista, bienestarista, consentidora: ¡que los alumnos no se sientan intimidados! ¡Que se expresen con libertad! ¡que no haya jerarquía, imposición, autoridad! ¡Prohibido prohibir! Las instituciones procuran así que haya en los salones de clase un ambiente de amable camaradería entre estudiantes y profesores – que se sientan todos entre iguales, y que se traten como iguales. Y bien: no. Una clase requiere absolutamente la jerarquía, y una jerarquía de verdad (que no tiene por qué ser antipática, ni hostil ni arrogante: eso tiene la auténtica jerarquía). Y requiere el sistema de prohibiciones y exigencias que amparan el ritual, desde la ropa que es admisible, hasta el modo de sentarse. Se trata precisamente de que los alumnos se sientan incómodos, es decir, que sepan que estar en clase supone un esfuerzo físico, un modo distinto de prestar atención, un sistema de autocontrol específico, se trata de que aprendan a disfrutar de esa incomodidad, porque es lo que permite que se abra la ventana hacia lo trascendente.

Yo sé que la inmensa mayoría de los profesores universitarios les parecería ridículo todo esto. En eso consiste el problema, y por eso no tiene remedio.

[David Olguín: Creo que todos los que nos dedicamos a la docencia universitaria, desde los más diversos territorios del saber, enfrentamos las situaciones que Fernando Escalante describe. No me parece de ninguna manera ridícula esa especie de nostalgia por tiempos que ya no son, por gente que ya no está. Escalante, acaso, pone demasiada atención a las formas, pero no deja de enfatizar la realidad de algo visible, palpable: la pérdida o al menos la degradación que ha sufrido eso que él llama lo trascendente en el espacio de encuentro que verifica la posibilidad de la enseñanza. La profanación ciertamente está en marcha y se agrava ante la llegada de jóvenes más impreparados y de un sistema educativo ideologizado que hoy en día condena la meritocracia.

A esta realidad cabe sumar, en el último lustro, un componente adicional que vuelve explosivas las relaciones en el aula: el cuestionamiento a las injusticias que han generado las estructuras patriarcales, pero también las paradojas, ambigüedades y hasta absurdos que se generan a partir de los reclamos que enfrenta la perspectiva de género.

Si las formas del ritual del que habla Escalante se han deslavado y roto, la autoridad que brinda el saber parece resquebrajarse aún más ante la presencia del miedo mismo a ejercer la autoridad, ya no digamos a que la búsqueda de aprendizaje encuentre las condiciones para que afloren las mejores versiones de las personas convocadas al proceso de enseñanza. Lo cierto es que hoy día la autoridad tiene miedo. Saber inevitablemente implica juzgar, calificar, y la enseñanza está enferma de miedo al juicio.

La respuesta más superficial a los reclamos de Escalante sobre la actitud de las nuevas generaciones de alumnos, nos podría llevar a reclamarle que siente una especie de nostalgia autoritaria. Las formas evocan reglamentos y la coerción del número; cuando se va de largo sin cuestionamientos, el profesor en su tarima puede volverse inalcanzable e incuestionable; podríamos, superficialmente, pensar que Escalante anhela el regreso del uniforme y hasta de la vara de membrillo en el extremo caricaturesco de la nostalgia de otros tiempos. Pero el reclamo de Fernando, un maestro ejemplar y apasionado, encierra una provocación: ¿realmente el proceso de enseñanza-aprendizaje no tiene remedio?

El aula reglamentada aseguraba la posibilidad de las formas exteriores de ese ritual que evoca Escalante como una necesidad para que acontezca lo trascendental: aprender-enseñar-aprender. Pero también esa aula reglamentada ad nauseam aseguraba la reproducción de otro infantilismo, acaso más grave que aquel que Escalante describe en esta entrada de sus Cuadernos, la reproducción de la obediencia y la repetición, la reproducción de “ciudadanos” irresponsables sometidos a otra forma de autoridad que no es aquella que da el saber. Pablo Freire lo ejemplificaba así en el slogan del “ciudadano” sometido: “¡USTED NO NECESITA PENSAR, ÉL PIENSA POR USTED!/ ¡USTED NO NECESITA VER, ÉL VE POR USTED!/ ¡USTED NO NECESITA HABLAR, ÉL HABLA POR USTED!/ ¡USTED NO NECESITA ACTUAR, ÉL ACTÚA POR USTED!”

Fernando llama la atención a las formas de un ritual que invoca lo sagrado y lo que es necesario. Desde mi punto de vista, eso es lo profundo que añora. No las formas que, si nos detenemos ahí, se vuelven superficiales y hasta posiblemente ridículas. Pero sin duda todo ritual requiere de formas, hasta del vestuario del oficiante. La materia solo se vuelve sagrada en la medida en que hacemos comunidad y sacralizamos un espacio, en la medida en la que aquello de lo que hablamos se vuelve necesario, en que ocurre el milagro del entendimiento entre las partes y hace acto de presencia la pasión de entender, las infinitas variables de la curiosidad y de la palabra conocimiento.

Dewey afirma que “la originalidad no está en lo fantástico, sino en el uso nuevo de formas conocidas”. ¿Podemos seguir buscando el remedio? ¿Cómo conciliar meritocracia y libertad? ¿cómo convencer en tiempos de abolición de las formas que aquello “tan conservador” es la entrada que propicia lo necesario? ¿cómo volver a sacralizar sin nostalgia autoritaria? Creo que podemos reiniciar con algo antigüito: ejerzamos con respeto y pasión la verdadera verdad de nuestro saber, ese que no responde a la simple eficacia del número, sino al mérito que actualiza y pone en duda la propia experiencia y nos obliga a seguir entendiendo. Acaso recuperar algo de esa pasión que nos llevó a enseñar más allá del modus vivendi, contagie.]

Fernando Escalante Gonzalbo

Entre sus libros: Ciudadanos imaginarios, México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación y La mirada de Dios.

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Publicado en: De mis cuadernos