Lo que enseña la escuela

 

[2016] Leo a Nuala O´Faolain. Historias de la violencia en la escuela. La escuela de antes, es decir, la violencia de los profesores. Y recuerdo mis propias historias, con su dosis de violencia, por supuesto. Sadismo incluso. Los habría que no sabían hacerlo mejor o no imaginaban otra cosa. Lo que me parece evidente es la absoluta falta de empatía con los niños. Me pregunto por qué terminarían siendo maestros, y supongo que casi todas serían historias de fracaso, frustración, resentimiento.

¿Qué hubo de importante en la escuela, aparte de la disciplina —es decir, aparte del aprendizaje del odio? No recuerdo gran cosa. Nada de los primeros diez o doce años. La clase de conocimientos inútiles que de pronto uno recuerda para resolver un crucigrama (pero yo no hago crucigramas), o como contexto impreciso para una noticia (Uganda, Kampala). No recuerdo nada que pudiera entusiasmarme, o casi nada. Y ese “casi” no tiene que ver con el contenido de ninguna materia. Aprender a leer —aunque creo que no fue en el colegio. Subrayar lo fundamental en el primer párrafo del Quijote: esa fue una de las cumbres de mi educación, y era segundo de preparatoria.

Acaso importa o me importa por eso. Algo de lo que intento en mis clases es poner lo que ha faltado en los diez o doce años de educación que los alumnos llevan a cuestas. Algo que entusiasme, nada más.

Ilustraciones: Raquel Moreno

[2014] Empecemos por pensar que esos “grupos criminales” no son una novedad ni son enteramente ajenos a la sociedad en la que actúan. Están vinculados con la policía, obviamente, y con el poder político, pero no sólo porque ambas cosas sean instrumentales para el negocio criminal, sino que esos grupos se prestan también como recurso de fuerza para la política. Es decir, no hay que imaginar una relación unilateral ni en un sentido ni en otro, ni en una sociedad uniformemente asustada, oprimida, enemiga. Porque “esos grupos” están también vinculados con taxistas, empresarios, tenderos.

Algunas piezas encajan. El alcalde protege su negocio, que es la política —y también la droga, la migración, el contrabando. La policía cumple con su tarea como cuerpo armado al servicio del alcalde, pero también tiene su negocio: la seguridad es algo de amplitud indefinida, y que podría parecer un mercado, imperfecto como todos. Los matones forman parte de esa trama con perfecta naturalidad. Y la sociedad es eso, tan monstruoso como pueda parecer.

El problema básico, cuando esa trama se convierte en un problema, es la supresión de la legalidad en tramos demasiado grandes, y la violencia. La naturalización de la violencia como recurso cotidiano: ¿quiénes quedan dentro del esquema? ¿Qué negocios ampara el alcalde, qué negocios protegen los matones? ¿Hasta dónde las relaciones en esa trama son de intercambio, hasta dónde extorsión, hasta dónde complicidad? La suspensión selectiva y negociada de la ley era un recurso de gobernabilidad —el problema es que ya no lo es. Incluso resulta factor de desestabilización, de una fundamental incertidumbre. Lo que se quiebra es la sociedad.


[2021] Sudáfrica, años setenta. No me sorprende que el teatro de Athol Fugard sea teatro “comprometido”, pero sí me sorprende un poco que a pesar de eso resulte interesante. El sistema que se repite de dos personajes encerrados en un mismo escenario recuerda obviamente a Beckett; y de hecho, lo mejor que tiene son los gestos, los diálogos que recuerdan a Beckett.

En Coming home, ya tiempo después, hay todos los defectos de las obras anteriores, sólo que el compromiso es mucho más vago —una denuncia que no llega a serlo, que quiere provocar una indignación un poco confusa. El diálogo tiene que sustituir a la acción dramática que no hay: los dos personajes se cuentan sus vidas, y así uno se entera. No es propiamente teatro. Las historias son obligatoriamente conmovedoras, es decir, están pensadas para conmover: buenos sentimientos, vidas frustradas, la nostalgia de la familia. El compromiso se disuelve en sentimentalismo. Los vínculos de los personajes están platicados, no se muestran. Y la relación entre los dos protagonistas cambia sin motivo. La obsesión con la bicicleta es un detalle idiota: está pensado muy deliberadamente para añadir tensión dramática, porque el dinero que iba a ser para la bicicleta se destina a otra cosa o viceversa —en todo caso, el resultado es ridículo.

Imagino que es sencillamente una obra tardía de un autor consagrado de quien el público espera el “compromiso”, es decir, que halague sus buenos sentimientos. La conmovida preocupación por los negros, ya un poco pasada de moda, es ahora la preocupación por una mujer enferma que tiene un hijo. Será que no tengo buenos sentimientos, pero me parece una obra absolutamente fallida. No me creo las historias, no me interesan los personajes, no entiendo lo que hacen ni me parece que tenga ningún interés. Se me ocurre que serviría como alegoría de la izquierda del fin de siglo: aquellas buenas causas que se abrazaban por pura buena voluntad, por la necesidad de una exhibición sentimental —y que encuentran un sustituto en lo que sea.

Have you seen us? Empieza tan mal que no me animo a seguir. Dos personajes, como de costumbre: un profesor jubilado, alcohólico, que todos los días va a la misma cafetería a insultar a una mesera mexicana, gorda, que también lo insulta. Sencillamente, no puedo pasar del primer monólogo: no tengo idea de lo que resulte después de eso, pero no siento tampoco ninguna curiosidad.

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

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Publicado en: De mis cuadernos