La religiosidad del leproso

[2022] No sé si me importan los lectores, tener más o menos lectores. Diría que sí y que no, me importa sobremanera, no me importa en absoluto. Nunca me he puesto a pensarlo ordenadamente, con la idea de sacar alguna conclusión o ponerme un programa. Creo que soy sincero si digo que en realidad no me importa tener muchos lectores. Seguramente me gustaría tenerlos, pero siempre que fuese cierta clase de lectores —es decir, que me gustaría que el mundo fuese distinto. Pero eso es irrelevante. Desde luego, no estoy dispuesto a hacer las concesiones morales, intelectuales y gramaticales que son necesarias para tener éxito —gran éxito de ventas quiero decir, éxito institucional, de premios y contratos y codeo con famosos. Eso significa que no me importan los lectores porque me importan: no me importa que sean muchos, porque me importa que tengan cierta disposición, cierta inclinación, inteligencia, cultura —y como mínimo un determinado ánimo. Me trae sin cuidado si están de acuerdo o no con lo que digo, eso no tiene la menor relevancia. Pero sí quiero que puedan disfrutar del texto, reconocer algunas resonancias, alusiones, referencias. Escribo siempre, y casi diría que cada vez más, para lectores atentos, capaces, deseosos de leer entre líneas. Para esos lectores cuido cada uno de los textos, desde la primera frase.

No obstante, no escribo deliberadamente para “unos cuantos”. No escribo para los happy few de Stendhal. Escribo para cualquiera en un sentido concreto: procuro que mis textos sean transparentes, trato de decir las cosas con claridad, describirlas, explicarlas con exactitud: las cosas, las ideas. De modo que sea todo perfectamente asequible para quienquiera que entienda el castellano. ¿Hay más que eso? ¡Por supuesto! Las alusiones disimuladas, las referencias filosóficas, históricas o literarias, anecdóticas, las citas más o menos abiertas, ese aspecto que a veces tiene el texto como de vidrio soplado, son para quienes puedan reconocerlo —porque es divertido. Pero a los demás no tiene por qué estorbarles para entender lo que digo, aunque es claro que pueden entender cosas al menos ligeramente distintas (a ver si me explico: no hace falta haber leído a Baroja para saber lo que es una “mascarada sangrienta”, ni hace falta López Velarde para sentir “el santo olor de la panadería”). Escribo para ese cualquiera con ánimo lector, que no es cualquiera, a partir de la fantasía de que todo el mundo tiene o puede tener al menos los recursos para disfrutar de la lectura —que de eso se trata.


[2023] La idea central del programa de reforma económica de los años ochenta era la necesidad de transformar la estructura económica a partir de tres consignas: desregular, liberalizar, privatizar. Eso fue nuestro neoliberalismo (malentendido, negado, mutilado, denostado). Y todo eso se hizo. Pero vale la pena matizar —como siempre, en todo. “Desregular” significa únicamente someter la economía a otro régimen normativo. No se trata de la desaparición de las reglas, sino de la creación de otras que sobre todo procuran eliminar las posibilidades de intervención discrecional, es decir, lo propiamente político.

Y lo mismo vale para la “liberalización”. Significa adoptar otro conjunto de restricciones para las operaciones económicas, para el comercio en particular, que necesita un sistema igual de complejo —e igualmente proclive a la corrupción que cualquier otro. El mismo personal de aduanas hace falta para prohibir que ingrese determinada mercancía que para garantizar que pueda entrar sin obstáculos.

“Privatización” es algo simple y obvio sólo si pensamos en los títulos de propiedad de las acciones de una empresa, y por tanto en la integración de su consejo de administración, en su modo de financiamiento o de contratación de deuda. En la práctica, una vez que se decide la privatización, se puede vender o liquidar directamente una empresa, pero en general lo que hay es una nueva combinación de elementos públicos y privados: normativa, fiscalidad, restricciones laborales, reglas de operación, ambientales, financieras. A fin de cuentas, salvo en la propiedad de las acciones, no hay nada absolutamente privado.

El factor que impulsó los cambios de los ochenta fue lo que se ha dado en llamar la “globalización”, cuya clave es el ingreso de China al mercado internacional. La interpretación más crasamente ideológica imagina que equivale a la desaparición de las fronteras (el hallazgo infantil de Thomas Friedman: ¡el mundo es plano!). En los hechos, es exactamente lo contrario. La globalización es un régimen de acumulación en que las fronteras adquieren mucha mayor importancia en la generación de valor. Puesto que las fronteras se pueden cruzar (es la liberalización), se cruzan, con toda clase de mercancías —las que antes estaban prohibidas, limitadas, o castigadas con impuestos. Pero no desaparecen las diferencias entre los varios sistemas regulatorios (laboral, ambiental, fiscal), y eso es lo que hace que el movimiento sea rentable: por los motivos que sean, y son muchos, es más barato producir en un lugar que en otro, las reglas son más laxas o los impuestos más bajos, y entonces tiene sentido aprovechar una frontera abierta. Insisto: no desaparecen las fronteras, sino todo lo contrario: se convierten en el factor clave de la acumulación.

 [David Peña-Alfaro. En los ochenta, México decidió modernizarse con la solemnidad de quien se mira al espejo y se promete a sí mismo, un primero de enero por la mañana, que ahora sí de veras va a cambiar. Las tres banderas que menciona Escalante ondeaban jubilosas —desregular, liberalizar, privatizar— como si fueran las nuevas virtudes teologales de la patria. Y mientras tanto, nos repetían que estábamos escribiendo la Historia con H mayúscula, y que íbamos a abandonar para siempre el prefijo de “en vías de” para situarnos entre los grandes. Después nos enteramos, un poco tarde quizás, que la H era muda.

La desregulación llegó como un viento que abría puertas, ventanas y hasta la caja fuerte. Había que atraer dólares, de donde fuera, como si fueran fugitivos y nosotros la frontera más cercana. Se simplificaron trámites, se aflojaron controles, se bajaron aranceles casi veinte puntos y, milagrosamente, el PIB respiró un poco, impulsado por exportaciones que salían del país como si huyeran de algo (o de alguien, mejor dicho). El tipo de cambio se encargaría más tarde de regresarnos de vuelta a la tierra.

Todo esto ocurría mientras aún nos temblaban las piernas por la crisis del 82, ese primer roce con la muerte que nos dejó con la mirada perdida y el bolsillo vacío.

Luego vino 1986, y con el ingreso al GATT se dio la estocada final al viejo modelo de sustitución de importaciones. Fue como sufrir un apagón en la casa donde habíamos vivido décadas y alguien, de repente, nos proporcionara unas velitas y nos dijera, con algarabía, que esas sí alumbrarían de verdad.

Entre 1982 y 1994, el gobierno abrió su tiendita paraestatal, un ebay bien puesta y puso en venta cerca de mil empresas. Algunas se remataron, otras se casi regalaron, y unas cuantas desaparecieron ante nuestros atónitos ojos como si nunca hubieran existido. La banca esperó su turno con la paciencia de un enfermo de hospital, hasta que finalmente fue reprivatizada. Y en un acto de arrojo legislativo se modificó el artículo 27, permitiendo que las tierras ejidales, esas herencias de la Revolución, se repartieran como si fueran barajas en una cantina.

El mapa estaba trazado. El futuro, prometido. Y nosotros, mientras tanto, sólo llorábamos cuando se nos metía una basurita en los ojos, como decía aquel anuncio de Solidaridad que todavía ronda por la memoria colectiva, entre cursi y siniestro. Don Beto, don Beto, ya tenemos carretera”.

Porque así fue la modernización: un país entero avanzando con el pecho inflado, el bolsillo tiritando y la lágrima contenida, jurando que todo era por nuestro bien, aunque a veces doliera como si no lo fuera. Don Beto, don Beto, ya tenemos carreterafue sólo un susurro que se perdió en la polvareda de un camino que quizás nunca fue inaugurado.]


 

Alberto Caudillo

Los relatos de Gustaw Herling (The Island) tienen una densidad que se encuentra muy rara vez, y menos en la literatura reciente. En sus relatos se entreveran las anécdotas, las leyendas, los tiempos, sin ningún artificio, en una trama apretada, inteligente, luminosa.

Todos los relatos exploran el mundo de la religiosidad medieval: los milagros y los castigos, la lepra, la peste, esperanzas exaltadas, miedos apocalípticos, una crueldad sin límites. En cada historia está el atormentado forcejeo de la vida, de la maldad natural de los hombres, con su sed siempre insatisfecha de santidad. Hay eso en “La segunda venida”, el clima fantasioso e histérico, de terror y crueldad y agitación mística, de pasiones demoniacas y ascetismo furioso que lleva consigo la peste. Y la figura triste del papa Urbano IV, como testigo melancólico y agobiado, impotente.

“La torre” es un cuento perfecto, uno de la media docena de cuentos absolutamente perfectos en la historia de la literatura. En la trama se mezclan la historia de una mujer que muere de hambre en la torre, la historia de un leproso enloquecido en la soledad de la torre, la de un desconocido anciano que se encierra para dejarse morir en la torre, superpuestas todas ellas, confundidas en un solo relato de una tristeza infinita. La religiosidad del leproso es lo que impone el tono al conjunto. La imagen misma del leproso tiene resonancias bíblicas, también el retiro y la soledad, ese terreno fronterizo entre el rechazo, la santidad y la locura. El leproso de la torre no es enteramente un ser humano, por eso inspira miedo —diabólico o bienaventurado, está más allá. Pero su vida es absolutamente sólida y concreta, no es una metáfora de nada ni una alegoría, y precisamente es la concreta, humana soledad, el dolor del leproso, lo que abre el resto hacia una dimensión espiritual que resulta estremecedora.

Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).

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Publicado en: De mis cuadernos