[1998] Podría ser que lo que suponemos que es la madurez no sea sino una forma crónica de depresión. El desapego, el escepticismo, una tolerancia exagerada, condescendiente y amable, lejana, desconfiada: la madurez. Que a lo mejor es sólo manifestación de una depresión tan larga, continuada, persistente, general, que no se nota, que uno mismo no nota.
La madurez: esa absoluta, irremediable incapacidad para creer. Que a veces es también dolorosa. Es la conciencia del tiempo: de todo lo que ya no puede ser, de todo lo que no se puede hacer. Pero eso no quita para que resulte igualmente antipática, si no más, la alegría siniestra de los amargados.
De cualquier modo, escribir es también creer en algo —incluso sin saberlo.
[ David Olguín. Uno de nuestros más queridos maestros, Fernando, nos enseñó en la preparatoria a definir la madurez como “la capacidad de la persona para tolerar la frustración”. Rodrigo Páez se llama ese maestro y es, creo, un hombre que descreyó con sufrimiento, que ha amado dolorosamente y que todavía conserva un sentido del humor amable, melancolía risueña y con tintes de serena y necesaria amargura frente al mundo y al paso de la vida. Las emociones más complejas carecen de nombre, apelan a lo inefable, por eso invocamos oximorones acrobáticos cuando intentamos describirlas.
La definición de Páez encierra algo terrible si se piensa en el arco del tiempo. Teníamos dieciséis años. Discutíamos quién tenía la razón, si Ulises o Aquiles, si las zorras o los erizos, si aquellos que desconfían de cualquiera que llega a los treinta años y prefieren morir a los veintisiete o aquellos que, como le dicen a Horacio, “tú sobrevive para contar”. Te lo recuerdo: dice Arquíloco: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo una sola y muy grande”. Ulises regresa para contar, Aquiles incendia y se incendia. Tolstoi, por su parte, envejece siendo erizo y, cuando ya deja de escribir, todavía tiene la fuerza de arrojarse a los caminos a predicar su fe y muere en el viaje. Ya había dejado de escribir. De hecho, no terminó su obra teatral Lux in tenebris, pues todo indica que el tercer acto lo habría llevado a una especie de escepticismo capaz de traicionar su propio credo; la inevitable trayectoria de su protagonista lo acercaba peligrosamente a la falta de fe. Así, mejor ya no escribir; Tolstoi era definitivamente un erizo.
Escribir, cuando nos atrevemos a pensarlo todo, a desterrar ideas fijas, es fruto de la rebeldía; corregir, fruto de la madurez. Escribir, creo, ya cuando el viaje en el tren es imparable, arrastra una cuota de inevitable regusto a vitriolo cuando el vitriolo ya no es más que una palabra, si acaso una metáfora cuando nos ponemos demasiado corrosivos y ya se aceptó que la posibilidad de probarlo es un tanto riesgoso, por decir lo menos.
Te cuento que lo del tren está en Ionesco, en sus Diarios. El buen Ionesco le tenía un miedo de pavor a la muerte. Supongo que algo de ese sentimiento se habrá calmado en él, gracias a la escritura de El rey se muere, esa cáustica crítica a nuestra absoluta voluntad de poder y a nuestro humilde “deseo de durar”. Pero como todo es doble, principio de incerteza, me corrijo y escribo recordando a otro demonio familiar: “Ruega que tu camino sea largo, / que sean muchas las mañanas de verano, / cuando con placer llegues a puertos / que descubras por primera vez”.]

[2022] Leopardi, en el Zibaldone: “Quizá no exista nadie que sea tan indiferente como para que, si al partir hacia algún sitio, o despedirse de alguna manera, te dice: ‘Nunca más volveremos a vernos’, por poco de alma que tengas, no te conmueva, no te produzca una sensación más o menos triste”. Y lo atribuye al temor de la nada.
Tiene razón, pero creo que puede verse con más detenimiento, y vale la pena. Primero, el vértigo está en el “nunca más”. No en la idea, sino en la frase. Es decir, lo que provoca ese sentimiento que Leopardi dice de tristeza es el hecho de que se haga patente la realidad de ese nunca más. Es claro que a mucha gente no la vemos nunca más, podemos saber que no la veremos nunca más, y eso no nos inspira ningún sentimiento. Leopardi supone que la diferencia está en la gente que no nos es indiferente. Yo pienso que no es eso. El “nunca más” nos inspira temor, tristeza, no por el destino de la persona de la que nos despedimos (aunque a veces pueda ser así), no por ellos, sino por nosotros: el “nunca más” nos pone delante de nuestra propia finitud, el “nunca más” habla de nuestra muerte. Si hubiese en efecto una eternidad, como cosa personal, no tendría sentido la expresión. Es porque vamos a morir, porque nuestra vida es limitada, por lo que nos inspira tristeza el recordatorio del “nunca más”.
[Borges: “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿Quién nos dirá de quién en esta casa, / sin saberlo, nos hemos despedido?”]
[2022] Nuestra historia patria, tal como nos la contamos, borra las guerras civiles como guerras civiles. Siempre es el gobierno, tiránico desde luego, al servicio del extranjero, o el invasor, y un ejército anónimo, olvidable, odioso, y unos pocos traidores, en contra del pueblo mexicano (y mejor con mayúsculas, el Pueblo Mexicano). No son los mexicanos que se matan entre sí. Los otros, los vencidos, no merecen siquiera esa consideración. Y eso permite que la memoria se ocupe únicamente de los vencedores, y que se cuente la historia a partir del resultado —como si nunca hubiese habido otra posibilidad. No hay reconciliación imaginable porque en realidad no hubo un enfrentamiento civil. No hay dos ideas del país ni del futuro.
[2020] Sobre el discurso inaugural de Heidegger como rector de la Universidad de Friburgo:
“El discurso comienza con una extraña contradicción: trata de la ‘autodeterminación’ de las universidades por oposición a su autonomía amenazada por el Estado liberal y a la vez reniega de la forma ‘liberal’ de la autoadministración libre académica, para ‘reglamentarlas incondicionalmente’ dentro del esquema nacionalsocialista del ‘caudillaje’ y el ‘séquito’. El rector tiene como obligación conducir espiritualmente a profesores y estudiantes, pero también él —el ‘führer’— es a su vez conducido por la ‘misión espiritual de su pueblo’. No define en qué consiste el mandato histórico ni cómo se acredita. Quien ordena es, al fin y al cabo, ‘el destino que se tiene que desear’. Esta indeterminación del destino condiciona que se reafirme como algo ‘implacable’”.
Karl Löwith, Mi vida en Alemania antes y después de 1933. Un testimonio.
Y eso es Heidegger.
Fernando Escalante Gonzalbo
Entre sus libros: México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, La mirada de Dios y Perplejos y descarriados. Esperpento (Cal y Arena, 2026).