[2020] La epidemia no es sólo la enfermedad, sino el contexto histórico, tecnológico, jurídico y cultural en que se produce. No hay el hecho médico, biológico, de la epidemia, independiente de las condiciones materiales de propagación, atención, comunicación, curación. No hay la epidemia independiente de las interpretaciones que la sociedad hace de ella. O de los miedos a los que remite.
La política de la coyuntura se articula con esas grandes estructuras culturales, y todo adquiere un nuevo significado. El miedo, la muerte, lo desconocido, la ciencia, el contagio, producen una nueva configuración. Normalmente, una crisis así exige a los actores políticos un llamado a la unidad (aunque sólo sea por cuidar su propia supervivencia): porque la crisis es grave, porque hace falta concentrar recursos y tomar medidas excepcionales, y todo puede fracasar estrepitosa, trágicamente —y es arriesgado el trasiego de la culpa. Pero si no sucede así, si los líderes no son capaces de convocar a la unidad, o no quieren hacerlo, la crisis adopta un sentido muy distinto, se vuelve intensamente política, divisiva. Y la muerte en masa se convierte en argumento.

[2022] A Joubert sólo es posible leerlo despacio. Y además deja siempre la necesidad de releer, más de una vez. Es como si sus frases, apodícticas como parecen ser, fuesen en realidad una invitación a conversar.
[1997] Hay en la literatura, en las demás artes, en la filosofía, dos o tres temas de los cuales depende todo (desde luego, también las moscas). La muerte es uno de ellos. De los más difíciles de tratar, por más que se hable de ella como si tal cosa. Porque no sabemos nada, salvo que es inevitable —no sabemos en qué consiste morirse. Las películas de aventuras, las novelas policiacas, nos han acostumbrado a una muerte artificiosa: instantánea, limpia. Un disparo: pum, y un muerto. Cosas así. Igual que la filosofía nos acostumbra a una muerte teórica. Es difícil en cambio aproximarse al proceso de irse muriendo: al modo lento, angustioso, sucio, en que muere la mayoría de la gente. Y en todo lo que sucede en ese proceso de irse muriendo.
Eso: no es la muerte lo difícil, sino el irse muriendo.
[Treinta años después leo El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov]
[2024] “Italia se pudre en un bienestar hecho de egoísmo, estupidez, incultura, habladurías, moralismo, coacción, conformismo…”. Escribe Pasolini, en 1963. Hoy se podría escribir lo mismo, de hecho se escribe lo mismo. No sólo de Italia. Con razón hoy como seguramente entonces. Más de medio siglo: guerras, crisis catastróficas, rebeldías, epidemias, desastres de todo tipo, un desarrollo tecnológico abrumador, y podríamos decir lo mismo (Italia se pudre, Europa se pudre, Occidente se pudre). Sólo se ha intensificado todo, si acaso: un poco o mucho más de bienestar, más egoísmo desde luego, parecidas estupidez e incultura, sin duda mucho más moralismo.
Entonces parecía imposible que aquello durase: alguna revolución parecería inminente. El fin del mundo, o algún fin de algún mundo. Y no. Bastó el primer amago serio contra el bienestar para que todo se ordenase de nuevo —para producir el mismo horizonte, que admite las mismas quejas. Y así con cada crisis. Siempre parece la última, pero no.
“A veces uno se dice que todo lo que podía decirse ya se ha dicho. Y entonces resuena una voz que, aunque diga lo mismo, dice algo nuevo.” Elias Canetti, El corazón secreto del reloj.